MÚSICA DE LA PASIÓN

LA PASION

Tríptico de la Pasión [Rogier Van der Weiden 1455 – Capilla Real de Granada]

La liturgia es el medio por el que podemos celebrar nuestra fe. No solo tenemos fe y vivimos de acuerdo con ella, sino que la celebramos con acciones de culto en las que manifestamos, comunitaria y públicamente, nuestra adoración a Jesucristo, presente con nosotros en la Iglesia. Al vivir la liturgia, nos enriquecemos de los dones que proceden de la acción redentora de Dios. Esta función comunicativa y pedagógica de la liturgia nos ayuda a mantener viva la tensión hacia la trascendencia a lo largo de todo eso que denominamos “Año litúrgico” (desde el Adviento hasta la Pascua). Toda nuestra tensión se orienta hacia la gran fiesta de la Resurrección del Señor. Nos preparamos durante el Adviento para festejar el Nacimiento de Jesús, la primera Pascua, y nos preparamos durante la Cuaresma para celebrar la Muerte y Resurrección del Señor, la segunda Pascua. La Cuaresma es así el medio pedagógico que utiliza la Iglesia para conducirnos a la celebración de la Muerte y Resurrección del Señor, el misterio central del cristianismo. Y como esta celebración es tan importante, no sólo prolongamos este acontecimiento en la cincuentena pascual, sino que lo repetimos y actualizamos cada semana en la Pascua dominical realzando así la singularidad e importancia que para el creyente tiene este momento del Año litúrgico, el centro de todas las celebraciones de la vida del creyente. El tiempo de Cuaresma nos prepara para este acontecimiento con las armas de la penitencia, el ayuno y la limosna, pero cogidos de la mano de la Palabra de Dios, un recorrido por la historia de la salvación con el que vamos anhelando cada vez con más intensidad la experiencia gozosa de la Resurrección.

SEMANA SANTA Procesión [Ernest Descals Pujol]Ahora bien, al final de la Cuaresma, y antes de celebrar la gran fiesta de la Pascua, encontramos los días de la Pasión, “los días en que se nos quitó el Esposo” (dies in quibus est ablatus Sponsus). La música no está ausente en las celebraciones de este tiempo de Pasión, y se manifiesta de muy diversas maneras: en las iglesias, mediante las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa; en las calles de nuestras ciudades y pueblos, con cantos populares, marchas religiosas para los desfiles procesionales y saetas en las que el pueblo expresa sus sentimientos de dolor ante las imágenes de la Pasión; y en conciertos en las iglesias, en los que se suelen interpretar piezas clásicas de música sagrada de un alto nivel espiritual y cultural, piezas en las que los grandes compositores han tratado el tema de la Pasión de Cristo: misas, motetes, responsorios propios de este tiempo, canto del salmo Miserere, etc. Hoy esas composiciones ya no tienen una finalidad litúrgica pero han quedado en la historia de la cultura y de la música como expresiones de un altísimo valor religioso y espiritual capaces de emocionarnos y guiarnos por el camino ascendente de la Pasión.

Música para el drama de la Pasión de Cristo

César Coca, periodista y profesor en la Universidad del País Vasco, en un artículo publicado en El Correo digital (1999), afirmaba que «Los grandes compositores han escrito algunas de sus mejores páginas para la liturgia de la Semana Santa». Interesados como estamos por la música y la liturgia, sólo esto nos basta para que nos detengamos a contemplar lo que propone César Coca en este claro y sintético artículo, casi periodístico, en el que nos ofrece un rápido recorrido por la historia de la Música de la Pasión desde el siglo XV hasta nuestros días:

«A la muerte de Johann Sebastian Bach, en 1750, su hijo Carl Philip Emanuel escribió que había compuesto cinco “pasiones”. A la célebre “Pasión según san Mateo” (uno de los monumentos musicales mayores de todos los tiempos) y la menos interpretada según el Evangelio de san Juan, habría que añadir una tercera basada en el texto de san Marcos, de la que sólo se conservan el texto y algunas citas a la música; la de san Lucas, en realidad apócrifa; y una quinta que podría ser una versión anterior del evangelio de san Mateo. Cinco “pasiones”, o cuatro si se elimina la apócrifa. Pueden parecer muchas, pero Telemann escribió 46, y un elevado número de compositores barrocos firmaron varias. Así que hay tantas que todas las ciudades europeas de tamaño medio y grande podrían celebrar la Semana Santa con conciertos con esas obras que ponen música al momento culminante del Nuevo Testamento, sin repetir partitura en ninguna de ellas; tal fue el éxito de esas composiciones.

La explicación al hecho de que tantos autores hasta el siglo XVIII hicieran música de este tipo se basa en quién los contrataba: la Iglesia. Hasta el Romanticismo, y más concretamente hasta Beethoven −quien también escribió el oratorio “Cristo en el monte de los Olivos”, obra menor en su repertorio−, los músicos sobrevivían trabajando para reyes y nobles o, con mayor frecuencia, para parroquias y conventos. Y estar a sueldo de la Iglesia suponía hacer música para las celebraciones litúrgicas. Las dos más importantes son la Navidad y Semana Santa, y sobre ellas gira la mayoría de las partituras. La Pasión, con su enorme carga dramática, ha inspirado las obras de mayor envergadura.

¿Cuánto tiempo tienen las “pasiones”?

Se sabe que Jacob Obrecht, justo en el tránsito entre los siglos XV y XVI, escribió una. Orlando de Lasso, en la segunda mitad del siglo XVI, compuso cuatro, una por cada evangelio. Leonhard Lechner hizo una siguiendo el Evangelio según san Juan, en 1593. Ya en el siglo XVII, Christoph Demantius primero y Johann Theile y Heinrich Schütz después firmaron las suyas. Este último, además, compuso el oratorio “Las siete palabras de Cristo en la cruz”, sobre un motivo evangélico que también ha inspirado a muchos artistas y que es un episodio parcial dentro del conjunto de la Pasión.

La época dorada

La época dorada de estas composiciones es el último barroco: es decir, la parte final del XVII y hasta la mitad del XVIII, cuando la muerte de Bach, Haendel y Vivaldi cierra una era y abre el período clásico. En esos años, las “pasiones” se hacen cada vez más complejas −siguen el modelo que los especialistas llaman pasiones oratóricas, frente a las responsoriales y las motéticas, más simples en su planteamiento musical− y más abundantes. La lista de compositores que enriquecen la liturgia con sus obras es larga: George Böhm, Reinhard Keiser, Johann Mathesson, Carl Heinrich Graun, Gottfried Heinrich Stölzel… casi todos músicos centroeuropeos, en muchos casos desconocidos hoy para el gran público y autores de obras muy poco programadas por estos lares. Antonio Caldara, cuya celebridad es algo mayor, firmó varias obras ligadas a los Evangelios, aunque no exactamente “pasiones”. Destacan dos, “Muerte y sepultura de Cristo” y el bellísimo oratorio “Magdalena al pie de Cristo”.

Entre todos esos nombres, sobresalen algunos gigantes: Telemann, Bach y Haendel. Este último compuso una sobre un texto que tuvo una enorme fama a principios del siglo XVIII. Se trata de un libreto de Barthold Heinrich Brockes (1712), que dio lugar a no menos de media docena de versiones musicales. La escrita por Haendel es conocida precisamente como “Brockes Passion”, pero también una de las de Telemann recibe habitualmente ese nombre porque se basa en el mismo texto. René Jacobs, uno de los grandes especialistas en el barroco, ha publicado una notable versión discográfica de esta poco conocida “pasión” (Harmonia Mundi). Claro que para Telemann, quizá el compositor más prolífico de la Historia, no dejaba de ser una más del casi medio centenar que escribió.

Pero la Pasión por excelencia la firmó Johann Sebastian Bach. Una obra gigantesca en todos los sentidos: con sus casi tres horas de duración −según versiones, algunas apenas superan las dos y media, otras incluso pasan de tres−, es la partitura más larga de cuantas escribió y quizá las más ambiciosa. Es también la obra de carácter religioso más célebre de todos los tiempos y solo está a su altura el Réquiem de Mozart, otra partitura superlativa.

Mozart encarna el clasicismo y con esa corriente decae el interés por la Pasión de Cristo como fuente de inspiración. Es cierto que Haydn compuso “Las siete palabras de Cristo en la cruz” −una obra orquestal encargada por la capilla del Santísimo Sacramento de Cádiz, a partir de la cual luego escribió un cuarteto de cuerda y un oratorio−, pero no lo es menos que la liturgia produjo muchas menos obras desde la segunda parte del siglo XVIII. Incluso dejaron de escucharse las anteriores. Es sabido que la misma “Pasión según san Mateo” fue un descubrimiento para los aficionados cuando en 1829 Mendelssohn ofreció una versión abreviada en Berlín, pese a que la partitura tenía ya un siglo.

Si el Clasicismo no fue pródigo en “pasiones”, el Romanticismo, mucho menos. Al conquistar su independencia, los compositores no estaban obligados a escribir música religiosa para sobrevivir. Eso no significa que no se crearan obras de ese tipo a partir de 1820, pero son muy pocas comparadas con etapas anteriores. Y serán aún menos en el siglo XX, cuando la música se adentra en unos terrenos −impresionismo, dodecafonismo, aleatoria, electroacústica, etc.− que resultan completamente ajenos a la liturgia. En realidad, sólo autores de profunda fe religiosa se interesan por esa música litúrgica y componen obras mayores para la misma. No son muchos, pero destacan sobre todo tres: el polaco Krzysztof Penderecki, autor de una vanguardista “Pasión según san Lucas”; el suizo Frank Martin, que escribió dos oratorios sobre temas extraídos de las últimas páginas de los Evangelios: “Pilatos” y “Gólgota”; y el francés Olivier Messiaen, autor de piezas basadas en episodios como la crucifixión de Cristo, su resurrección y ascensión a los cielos.

“Pasiones” de hoy mismo

LA PASION

La Crucifixión y Muerte de Jesús. Fr. Fernando Fuentes, op. Serie del Rosario.

En los últimos años se han estrenado nuevas “pasiones” recuperando la vieja tradición de unir en una obra la historia completa y no aspectos parciales, como hicieron Martin y Messiaen. Para conmemorar el 250 aniversario de la muerte de Bach, la Academia Internacional Bach de Stuttgart, encabezada por el director Helmut Rilling −que acababa de terminar la hazaña gigantesca de grabar la integral del compositor de Eisenach− encargó cuatro pasiones a otros tantos compositores procedentes de tradiciones musicales muy diferentes: el chino Tan Dun, el alemán Wolfgang Rihm, el argentino Osvaldo Golijov y la rusa de origen tártaro Sofia Gubaidulina. Estrenadas y grabadas en 2000, son las cuatro últimas grandes “pasiones” y hay entre ellas diferencias tan significativas que puede afirmarse que están mucho más distantes entre sí que entre cualesquiera de las que fueron compuestas en el barroco.

Las cuatro, vistas en conjunto, son una magnífica representación de cómo se ve la Pasión en las distintas culturas. Tan Dun, autor de la banda sonora del filme “Tigre y dragón” y de la música de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín, conjuga la electrónica con los instrumentos populares de su país, el sonido del agua (que le da título, “Water Passion”, aunque está basada en el texto de san Mateo) y las piedras al chocar entre sí, y combina armonías sacadas de Bach junto al cango mongol.

Rihm introduce textos de poetas alemanes contemporáneos junto al Evangelio según san Lucas y recurre a melodías medievales junto a referencias al Holocausto. Gubaidulina, como Rihm, usa los instrumentos tradicionales de la orquesta, a los que suma la voz de los coros rusos y las campanas propias de la liturgia ortodoxa, todo ello para ilustrar el texto de san Juan. Golijov, en fin, parte de san Marcos e introduce textos de Rosalía de Castro, sobre ritmos tan diversos como la samba, el flamenco, la trova cubana y el sonido de flautas de los Andes.

Se completa así un ciclo de 500 años de “pasiones”. No hay tema en la historia de la música que haya generado tantas obras ni tan universales. En esto, la música tampoco es una excepción.»

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1 comentario

Archivado bajo Música sagrada

Una respuesta a “MÚSICA DE LA PASIÓN

  1. María Dolores

    No sé si me apetecerá conocer las cuatro últimas pasiones que citas; pasiones del siglo XXI, las podríamos llamar. Sí escuché la de San Lucas de Penderecki, cuando se estrenó en Madrid, hace ya…………. Pero yo me sigo quedando con la de Bach, esa catedral musical que es la Pasión según San Mateo, que la tengo muy oída; no en vano, durante muchos años era obra obligada en la ONE durante el fin de semana previo a la Semana Santa. Así que en esos años en que iba de concierto los domingos por la mañana, el domingo de Ramos lo he pasado con Bach. Con el paso del tiempo decayó la audición de la Pasión. Más tarde, durante la etapa de López Cobos al frente de la ONE, todos los años se interpretaba una Pasión, alternando Mateo y Juan y el Mesías en Navidad; la temporada terminaba con la novena de Beethoven. Eso también ha pasado y ahora se interpreta la Pasión, pero no de forma habitual. Así se ha interpretado en los dos últimos años, pero este año no toca, ¡lástima! Eso sí, la temporada concluirá en junio con el Requiem de Verdi, otro monumento musical, aunque de diferentes características. Es una obra grandiosa, con una magnífica orquestación, un cuarteto solista impresionante, unos corales apabullantes, pero, en mi opinión, carece de profundidad religiosa. Es una ópera sin representación.
    La música religiosa es otra cosa, está escrita con el alma y tiene una gran inspiración, favorece la meditación, es íntima y posee una magia e inspiración de la que carece la música profana.
    Interesantísimo el artículo de esta semana, como todos, por cierto, pero este toca más mi fibra sensible. La Pasión de Nuestro Señor sigue siendo el relato que más dolor me produce cada vez que lo escucho. Llevo toda la vida oyéndolo y todavía me sigue impresionando. Creo que Bach es quien ha sabido transmitir ese dolor del alma y trasladarlo a unos sonidos que conmueven hasta lo más profundo de nuestro ser.

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