EL CANTO DE LOS MINISTROS EN DIÁLOGO CON LA ASAMBLEA

SAGRADA EUCARISTIA [Icono bizantino]Ya hemos visto que la Celebración de la Eucaristía exige el canto —siempre que sea posible—, y que éste sea un canto de toda la asamblea (ministros y fieles) que favorezca la participación activa en el misterio que celebramos. Sabemos que no se trata de cantar cualquier cosa, sino aquello que exige la propia Celebración y la liturgia que va unida a ella. Por eso, y porque no todos los cantos son iguales ni tienen la misma importancia, hemos dividido las partes cantadas de la Celebración eucarística en dos grupos: las que corresponde a los ministros en diálogo con la asamblea, y las que canta toda la asamblea. Hasta ahora hemos repasado las que canta toda la asamblea, por lo que nos quedan las más importantes, aquellas que la Instrucción Musicam sacram considera el primer grado de participación en la liturgia, es decir, las que canta el ministro en diálogo con la asamblea.

El primer grado de participación

Según la instrucción Musicam sacram, el primer grado de participación en la liturgia consiste fundamentalmente en las aclamaciones y diálogos del presidente con la asamblea. El primer animador de la asamblea es aquel que la preside, cantando las partes que le son propias en diálogo con la asamblea. Resulta extraña y empobrecedora una celebración solemne en la que hay abundancia de cantos de toda la asamblea pero en la que el presidente no canta nada. Así nos lo recuerda la Sagrada Congregación de Ritos: «En la elección de las partes que se deben cantar, se comenzará por aquellas que por naturaleza son de mayor importancia; en primer lugar, por aquellas que deben cantar el sacerdote o los ministros con respuesta del pueblo; o el sacerdote junto con el pueblo.» (MS 7).

Las partes que corresponde a los ministros son:

  • El saludo inicial
  • El Prefacio
  • La Plegaria eucarística
  • Las oraciones presidenciales: oración colecta, oración sobre las ofrendas y la oración después de la comunión
  • Saludo de despedida

Los cantos previstos por la liturgia para el presidente de la celebración se distinguen por su sencillez y transparencia tonal. El presidente ha de escoger el tono conveniente a la asamblea para que ésta pueda responder con facilidad casi espontáneamente. Serán, por tanto, cantos más silábicos que pneumáticos aunque la sencillez nunca estará reñida con la belleza y el arte.

El canto del Prefacio

El Misal romano nos dice que la Plegaria eucarística constituye el centro y culmen de toda la celebración. En ella el sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios en oración y acción de gracias. Pero es una oración que él dirige a Dios Padre, por Jesucristo, en nombre de toda la comunidad. Por tanto, esta oración (plegaria) le corresponde al que preside la celebración, no en nombre propio, sino en cuanto presidente de toda la asamblea. Los fieles intervienen en ella con las aclamaciones: Santo, Embolismo y Amén de la doxología.

El Prefacio es el grandioso pórtico de entrada en la Plegaria eucarística. Consta de cuatro partes:

1. El diálogo inicial, siempre el mismo y de antiquísimo origen, que ya desde el principio vincula al pueblo a la oración del sacerdote, y que al mismo tiempo levanta su corazón «a las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1-2):

V. El Señor esté con vosotros. R. Y con tu espírituV. Levantemos el corazón. R. Lo tenemos levantado hacia el SeñorV. Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R. Es justo y necesario.

2. La elevación al Padre retoma las últimas palabras del pueblo, «es justo y necesario», y con leves variantes, levanta la oración de la Iglesia al Padre celestial. De este modo el Prefacio, y con él toda la Plegaria eucarística, dirige la oración de la Iglesia precisamente al Padre:

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Padre santo, siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu Hijo amado (Pref. PE II).

3. La parte central, la más variable en sus contenidos, según días y fiestas, proclama gozosamente los motivos fundamentales de la acción de gracias, que giran siempre en torno a la creación y la redención:

Por Él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas; tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor. Él, en cumplimiento de tu voluntad, para destruir la muerte y manifestar la resurrección, extendió sus brazos en la cruz, y así adquirió para ti un pueblo santo (ib.).

4. El final del Prefacio, que viene a ser un prólogo del Sanctus que le sigue, asocia la oración eucarística de la Iglesia terrena con el culto litúrgico celestial, haciendo de aquélla un eco de éste:

Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria.

Todo el Prefacio es un poema lírico escrito en prosa rimada que termina transformado en “alabanza cósmica”: «Unidos a los ángeles y a los santos cantamos sin cesar…». El Prefacio es como una escala que nos eleva y nos introduce en una región superior. Toda la Plegaria tiene un ritmo ascendente que nos lleva al clímax final en la aclamación del Santo.

El Prefacio es una oración que, litúrgica y literariamente, encuentra en el canto su plenitud expresiva. El recitado melódico es su mejor forma de expresión. El presidente de la asamblea, que es el que canta el Prefacio, debe ir dando al canto una mayor fuerza expresiva, emotiva, y un progresivo dinamismo hasta llegar a la explosión final del Santo.

Aunque lo ideal es cantar el Prefacio, muchas veces, por razones pastorales, no se canta. En este caso, el presidente de la asamblea debe recitarlo con una especial emotividad que lo distinga de un recitado normal. Tanto el diálogo introductorio como el cuerpo del Prefacio y el Santo deben formar musicalmente un cuerpo orgánico. El ideal del rito es cantar las cuatro partes porque el diálogo introductorio cantado nos lleva a seguir cantando el resto. Y si cantamos el Prefacio tenemos que cantar el Santo, que es la aclamación con la que el pueblo interviene (no es lógico cantar el Prefacio y rezar el Santo).

El estilo de música tiene que unir formal y armónicamente estos cuatro momentos de modo que no se produzcan alteraciones rítmicas, tonales e incluso modales, cosa que a veces es imposible cuando el compositor del Santo no ha tenido en cuenta estos cuatro momentos.

De la importancia del canto de los diálogos en el Prefacio da fe el propio Misal romano. Mientras para otros diálogos nos aporta varias musicalizaciones, en los diálogos del Prefacio hay una sola versión musical, signo y garantía de la unidad musical de toda la asamblea celebrante (ver partituras y mp3).

Otros diálogos de la Misa

a)      El saludo inicial

El Misal romano nos propone seis saludos distintos, desde el simple “El Señor esté con vosotros” hasta otras formas más completas y complicadas en su realización (partituras y mp3):

  1. El Señor esté con vosotros.
  2. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
  3. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.
  4. El Señor, que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios, esté con todos vosotros.
  5. La paz, la caridad y la fe, de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.
  6. El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con su alegría y con su paz, permanezca con todos vosotros.

Para evitar la desorientación o vacilación por parte de los fieles, todos ellos concluyen musicalmente de la misma manera: de la tónica recitativa a la sensible (la-sol), facilitando así la respuesta del pueblo, que arrancará de la sensible para llegar de nuevo a la tónica recitativa. Para estos saludos iniciales hay tres respuestas por parte del pueblo:

  1. Y con tu espíritu.
  2. Bendito seas, por siempre, Señor.
  3. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Existen también fórmulas de saludo propias para los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua (partituras y mp3).

b)      Las oraciones presidenciales

Las oraciones presidenciales son: la colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración después de la comunión. A la invitación “oremos” debe seguir una pausa de silencio para dar tiempo a la plegaria y recoger el latido único de toda la asamblea. Es más importante cantar la colecta y la poscomunión que la oración sobre las ofrendas (partitura y mp3).

c)       Saludo de despedida

La bendición final y el saludo de despedida adquieren un relieve especial si se hacen cantados. Hay cinco formas de despedida:

  1. Podéis ir en paz.
  2. La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Podéis ir en paz.
  3. Glorificad al Señor con vuestra vida. Podéis ir en paz.
  4. En el nombre del Señor, podéis ir en paz.
  5. Anunciad a todos la alegría del Señor. Podéis ir en paz.

La respuesta por parte del pueblo es invariable: Demos gracias a Dios. La última fórmula de despedida está indicada especialmente para los domingos de Pascua. En la octava de Pascua y en Pentecostés ha de hacerse cantada, con énfasis y alegría, destacando los pneumas del segundo Aleluya: Podéis ir en paz, Aleluya, Aleluya. A lo que el pueblo responde: Demos gracias a Dios, Aleluya, Aleluya.

Ahora sí, Ite, missa est.

EUCARISTÍA Y MÚSICA LITÚRGICA /17

♦♦♦ Propuesta de Cantos para la Celebración eucarística según los Tiempos y Ciclos litúrgicos en LITURGIA DOMINICAL

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2 comentarios

Archivado bajo Eucaristía y música litúrgica

2 Respuestas a “EL CANTO DE LOS MINISTROS EN DIÁLOGO CON LA ASAMBLEA

  1. María Dolores

    Tengo entendido que a los frailes y sacerdotes ortodoxos se les exige saber música; supongo que entre las asignaturas de los seminarios católicos estará la música. Sin embargo, hay muchos celebrantes a los que no les debe gustar la música; se canta menos de lo que se debiera y los recitativos de los que hablas casi no se oyen nunca.
    La misa dominical debería ser siempre una ceremonia y en las ocasiones especiales, una gran ceremonia, pero que nunca pasara como un mero trámite.

  2. Estas partes pueden estar cantadas todas, algunas o ninguna, dependiendo del sacerdote; a mi gusto, queda muchísimo mejor cantado.
    Del acompañamiento con el órgano de estas partes (si son cantadas), no has dicho nada al respecto. Personalmente, a mí me encanta cuando lo acompañan, pero no lo hago en mi caso porque sólo uno de los curas lo canta. Casi nunca hace misa los sábados (que es cuando yo voy) y el órgano tiene sólo dos registros funcionales, y ninguno es lo suficientemente suave para cogerle el tono al cura mientras recita (el otro día lo intenté y suena muchísimo…). Sería para antes de misa ponerme de acuerdo con él y ver por dónde anda el tono, pero como os digo, no suele tocarme él. Igual algún día se lo propongo.
    Excelente post.
    Y si se me permite, precisamente en vuestro Cantoral se trata esto de las respuestas muy bien para el órgano.

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