LITURGIA EUCARÍSTICA: CANTO DEL OFERTORIO

La Liturgia eucarística

JESUS PARTE EL PAN PARA LOS DE EMAUSDespués de la Liturgia de la Palabra viene la Liturgia eucarística, la liturgia del sacramento. La Palabra lleva al sacramento y se completa en él. El encuentro con Jesucristo, Palabra del Padre, alcanza su plenitud en el misterio eucarístico que nos ofrece su presencia física y real en forma de banquete. Necesitamos, como los discípulos de Emaús, que después de que nos explique las Escrituras, Jesús parta para nosotros el pan. Esta doble experiencia es la que completa la fe de los discípulos, la que nos permite reconocer a nuestro Señor y decir con ellos: ¿no ardía nuestro corazón…? mientras todo esto ocurría.

La Liturgia de la Palabra, que tiene en sí elementos de respuesta, como el salmo responsorial, la profesión de fe o la oración universal, encuentra en la Liturgia eucarística su mejor respuesta a la Palabra: la acción de gracias y la alabanza, la ofrenda sacrificial de Cristo y con Cristo, la invocación al Espíritu (o epíclesis) o la comunión en el Cuerpo del Señor que nos compromete y capacita para encarnar en nuestra vida la Palabra escuchada. La mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía están tan estrechamente unidas que constituyen un solo acto de culto.

Concluida la Liturgia de la Palabra con la oración de los fieles, comienza la Liturgia eucarística. Este momento, el centro nuclear de nuestra celebración, necesita unos tiempos y un ritmo que han de respetarse. No se pasa de forma inmediata a la Plegaria eucarística sino que antes está lo que conocemos como Preparación de los dones, un momento de transición que ritualiza la primera de las acciones de Jesús en la última Cena: “Tomó un pan… e hizo lo mismo con la copa”.

Preparación de los dones es el término que utiliza el Misal para designar lo que antes conocíamos como “ofertorio”, un elemento que no siempre ha tenido la misma importancia dentro de la celebración eucarística. A continuación vienen la Plegaria eucarística, momento cumbre de la celebración en el que realizamos la plegaria de la “consagración” mediante la que repetimos y actualizamos la segunda de las acciones de Jesús en la última Cena: “Pronunció la bendición, dio gracias y dijo: «tomad y comed…. esto es mi cuerpo. Tomad y bebed… esta es mi sangre…»”, y, finalmente, el Rito de comunión, momento que significa y realiza la unión de los fieles con el Señor y con su Iglesia.

Preparación de los dones

En los primeros tiempos, cuando la Eucaristía era un “banquete fraterno”, el pan y el vino estaban desde el principio encima de la mesa. No había ninguna procesión ni presentación de los mismos. Cuando se desvincula del hecho físico del “banquete fraterno”, hecho que se produce ya en la época apostólica, es cuando aparece la necesidad de preparar y presentar los dones que traen los fieles y que habrán de ser bendecidos “tributando alabanza y gloria al Padre del Universo”, como decía San Justino. El rito se reduce a su utilidad práctica sin que existan ceremonias especiales ni se le atribuya ningún significado simbólico. Es, sin más, un preparativo necesario al que no se le da más relieve. La procesión fue desapareciendo entre otras cosas porque al introducir el “pan ácimo” como materia obligada de la celebración, en perjuicio del pan común, que desaparece de la celebración eucarística en Occidente, lo que traían los fieles ya no tenía sentido al no ser consagrado.

Con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se intentó redescubrir y potenciar el momento del “ofertorio” como momento propicio para expresar la activa participación de los fieles. El resultado es que quizá se ha exagerado un poco este momento haciéndolo aparecer en algunas de nuestras celebraciones como un momento de oblación personal en el que los fieles ofrecen su propio sacrificio en vez de verlo como lo que en verdad es, un momento de preparación y alabanza de la única oblación, la de Cristo que nos ofrece su Cuerpo y su Sangre como salvación por nuestros pecados. Este deseo de participación ha hecho también que se adorne erróneamente el “ofertorio” con objetos de la vida cotidiana como libros, objetos, flores… o las cosas más inverosímiles. En la Liturgia eucarística lo único que presentamos para su consagración es el pan y el vino (mezclado con agua, según la tradición). A eso sólo se añade la colecta u ofrenda económica para ayuda de las necesidades de los más desfavorecidos. Ya hay otros momentos de la celebración para presentar nuestras necesidades e intenciones o dar gracias por lo que hemos recibido.

Esta ambigüedad y confusión en el modo de celebrar este momento litúrgico ha hecho que el nuevo Misal haya cambiado la designación de “Ofertorio” por la de “Preparación de los dones”, lo que expresa claramente el único y verdadero sentido de este momento. La presentación de los dones no es para ofrecer (no ofrecemos nada), sino para preparar la mesa del altar. Por tanto, es un momento de serena distensión y reposo, un espacio contemplativo y no esa especie de “mercadillo” en el que con frecuencia lo convertimos en nuestras celebraciones.

El canto del Ofertorio

Las normas litúrgicas dicen que durante la procesión de las ofrendas y a lo largo de todo el rito de Preparación de los dones puede cantarse un “canto apropiado”. Tradicionalmente, este canto no ha sido un canto que corriera a cargo del pueblo, sino del coro. Puede ser aconsejable que en este momento el pueblo descanse y medite lo que va a celebrar mirando y escuchando. Es una de las ocasiones en las que el coro puede actuar con música coral y polifónica enriqueciendo la celebración y subrayando la importancia de lo que vamos a celebrar a continuación. Ahora bien, tanto si lo canta el coro como si lo canta todo el pueblo hay que intentar seleccionar cantos en los que se ponga en evidencia la alabanza a Dios por los dones del pan y del vino. Salvo en determinadas fiestas marianas, como indica el Graduale, el canto del Ave Maria u otros cantos marianos, tan utilizados en este momento, sobre todo por las corales, habría que evitarlos. El canto acompaña el momento de la presentación de los dones, nada más.

El canto del Ofertorio concluye cuando los dones han sido depositados sobre el altar, aunque también se puede prolongar durante la presentación de los dones. Cuando no hay procesión y presentación de ofrendas, el rito es muy corto y no hay lugar para el canto. Si cantamos, el canto debe tener un sentido comunitario de unidad, de caridad con los hermanos más necesitados, de manera que el canto ilumine el significado de la colecta y la presentación de los dones. Hay que evitar aquellos cantos que tengan un sentido exclusivamente ofertorial ya que no es el significado de este rito. Con la reforma litúrgica, las oraciones de presentación de los dones han adquirido un sentido más de alabanza que de ofrecimiento.

Algunas observaciones musicales

  1. Lo más sencillo es cantar un canto procesional (aunque no haya procesión) que acompañe la presentación de los dones.
  2. Pero lo más aconsejable es dejar que en este momento descanse la asamblea, por lo que es el momento en el que el coro puede cantar un canto adecuado “para ser escuchado”.
  3. También es el momento en el que el órgano puede interpretar una pieza como solista. Existe un amplio repertorio clásico para órgano adecuado a este momento: los Ofertorios para órgano de Cesar Frank, las Horas místicas de Böellmann o su Suite ghotique, los Cantos íntimos de E. Torres o el famoso Ofertorio sobre el “Ave Maris Stella” de Hilarión Eslava, entre otros….
  4. También puede interpretar un canto un solista.
  5. O, finalmente, dejar que este momento transcurra en silencio como momento de interiorización de la asamblea que se prepara para la alabanza eucarística.

EUCARISTÍA Y MÚSICA LITÚRGICA / 10

♦♦♦ Propuesta de Cantos para la Celebración eucarística según los Tiempos y Ciclos litúrgicos en LITURGIA DOMINICAL

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2 comentarios

Archivado bajo Eucaristía y música litúrgica

2 Respuestas a “LITURGIA EUCARÍSTICA: CANTO DEL OFERTORIO

  1. María Dolores

    Una duda José Luis: ¿por qué el pan ácimo debe ser consagrado? Tal y como se presenta la “preparación de los dones”, antes “ofertorio” -siempre lo he llamado así y supongo que me resultará difícil adoptar el nuevo lenguaje-, es como un trámite, necesario, eso sí, mejor aún, imprescindible, pues lo importante vendrá después: la transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo y la comunión de los fieles.

    • Música y liturgia

      Cuando estudiaba teología recuerdo las larguísimas reflexiones que hacíamos sobre el tema de la “materia del sacrificio eucarístico” para concluir básicamente dos cosas: que el pan y el vino fueron los elementos que utilizó Jesús en la Cena con sus discípulos, elementos a su vez tomados de la tradición judía en donde el pan ácimo (pan sin levadura) ya era el pan que comían en la Pascua en recuerdo del éxodo. Sin embargo, lo de que sea ácimo o fermentado no ha sido nunca un verdadero problema pues Oriente se decantó por el pan natural y Occidente por el pan ácimo; y el Concilio Vaticano II autorizó la utilización del pan fermentado siempre que sea de trigo y que su materia no se pueda ver sustancialmente alterada. Pero a continuación venía la parte más complicada de nuestra reflexión: comprender qué es eso de la substancia y la transubstanciación. Cuando presentamos los dones, lo que presentamos es el fruto de la tierra y el trabajo de los hombres. Para que esa materia se transforme en el cuerpo de Cristo, el sacerdote consagra el pan y el vino por medio de una fórmula sacramental que pronuncia durante la Plegaria eucarística, lo que produce el efecto de la transubstanciación, es decir se convierte en el cuerpo de Cristo.
      Si no se consagrara el pan no sería el cuerpo de Cristo el que se nos ofrecería. Por eso se ha querido evitar la expresión Ofertorio en el comienzo de la liturgia eucarística, porque el único Ofertorio es el de Cristo que se nos da en las especies del pan y del vino transubstanciadas en su cuerpo y en su sangre como alimento para la vida eterna.
      En tu comentario casi te lo contestas tú misma, pero espero haber arrojado un poco de luz sobre un tema que ha dado mucho que hablar y ha derramado mucha tinta a lo largo de siglos de historia sacramental y litúrgica.

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