LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

EPIFANIA

Epifanía. Pintura mural de Teresa Dieç [Iglesia de Santa Clara de Toro, Zamora, 1316]

Como bisagra entre el primer y segundo período del Tiempo litúrgico de la Navidad está la entrañable fiesta de la Epifanía, una de las fiestas más antiguas que celebramos en el calendario litúrgico, más aún que la misma Navidad (probablemente es la segunda más antigua después de la Pascua). Popularmente se la conoce como la fiesta de los Reyes Magos, esos tres personajes que llegados de Oriente se postraron ante el Niño para ofrecerle no sólo sus regalos (oro, incienso y mirra) sino la veneración de todo el mundo “gentil”. Primero fue el “Pueblo elegido”, el Pueblo de Israel, el que se postró ante el Niño después de que un ángel anunciara a unos pobres pastorcillos que Dios había nacido en una humilde posada en Belén, cumpliéndose así las Escrituras. Todos corrieron a verle y le adoraron. Después de este glorioso acontecimiento, doce días después, la liturgia nos presenta la fiesta de la Epifanía en la que vemos cómo el mundo entero, representado en unos “extranjeros”, conoció el gran misterio de la Encarnación: Dios se ha manifestado en su Hijo para la salvación de la humanidad toda, de oriente a occidente, de norte a sur.

Toda la liturgia de este día habla de la luz de Cristo, de la luz que se encendió en la noche santa. La misma luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén indicó el camino, el día de la Epifanía, a los Magos que fueron desde Oriente para adorar al Rey de los judíos, y resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar a Dios.

Epifanía (επιφάνεια), voz griega que a veces se ha usado como nombre de persona, significa “manifestación”, pues el Señor se reveló a los paganos en la persona de los magos.

Historia de la fiesta

Las primeras referencias provienen del siglo II, de Egipto. El primero en informarnos es Clemente de Alejandría, quien atestigua que los herejes gnósticos basilidianos celebraban el 6 de enero el Bautismo de Jesús en el Jordán. La razón de que estos herejes celebraran el Bautismo del Señor en una época en que los cristianos no conocían otra fiesta que la Pascua y el domingo (prolongación de la Pascua) era la creencia de que la encarnación de Dios en Jesús tuvo lugar en este momento, cuando una voz del cielo proclamó: «Éste es mi hijo amado en quien me complazco» (Mt 3,17). La razón de la fecha es que en Egipto el solsticio de invierno se celebraba el 6 de enero.

La relación de este día con la herejía gnóstica y con la religión pagana hizo que los cristianos no tuvieran en cuenta esta fecha. Pero a partir del siglo IV aparecen numerosos testimonios que dan fe de su celebración en las Iglesias. A la vez que se generalizó la Navidad en Occidente, en Oriente se extendió una fiesta de la manifestación del Señor en la carne y de la revelación de su divinidad.

Cuando la festividad romana de la Navidad empieza a entrar y ser aceptada en las Iglesias de Oriente, a partir del 370, la Epifanía empieza a perder allí su primigenio sentido de celebración del nacimiento de Cristo. Es más, no siendo este el único significado de que estaba revestida dicha solemnidad (se solía celebrar en una sola fiesta la adoración de los magos, el bautismo de Cristo por Juan y el primer milagro que Jesucristo, por intercesión de su madre, realizó en las bodas de Caná), empezó a subrayarse la conmemoración del Bautismo del Señor como motivo principal. Y así hasta el día de hoy en las Iglesias que siguen la liturgia bizantina.

En Occidente esta festividad conservó durante un tiempo este sentido de celebrar las diferentes manifestaciones del Señor, pero debido al texto que se solía leer en este día relacionado con la adoración de los Magos, en la Edad Media se le concedió un carácter “histórico” al día y en la mentalidad popular religiosa poco a poco pasó a convertirse en la fiesta de los tres “Reyes Magos”.

Los Reyes Magos

Reyes Magos

Adoración de los Reyes Magos, [Andrea Mantegna 1460]

El cristianismo occidental desarrolló una elaborada tradición alrededor de estas figuras orientales —fijando su número en tres e identificándolos con tres reyes, llamados Melchor, Gaspar y Baltasar—, una tradición que incluía el redescubrimiento de sus cuerpos en la iglesia de san Eustorgio en Milán (1158), a donde habían sido trasladados desde Constantinopla en el siglo IV, y su retraslado y depósito en la catedral de Colonia por orden de Federico Barbarroja (1164).

La presencia de los Magos ya había sido anunciada en el Antiguo Testamento en el libro de los Reyes e Isaías. San Mateo los describe como “magos de Oriente”. Que fuesen tres y reyes, es una tradición que se consolidó rápidamente, como demuestra Orígenes, teólogo del siglo II. Probablemente se trataba de sacerdotes de Babilonia, del culto de Zoroastro, dedicados a la astrología.

En el siglo V, León Magno fija en tres el número de reyes, representando así las tres razas humanas: la semítica, representada por el rey joven; la camítica, representada por el rey negro; y la jafética, representada por el rey más anciano. A partir del siglo XV, con el descubrimiento de nuevas tierras, adquieren sus rasgos definitivos.

adoracion reyes mosaico ravena

Mosaico del siglo VI en San Apollinare Nuovo (Rávena)

A lo largo de la historia han recibido nombres como Magalath, Galgalath y Serakin (en hebreo); Appellicon, Amerin y Damascón (en griego); los sirios los llamaron Kagpha, Badalilma y Badadakharida; los etiopes Ator, Sater y Paratoraso. Las primeras referencias a los nombres Melchor, Gaspar y Baltasar aparecen en dos textos del siglo V, el primero titulado Excerpta latina bárbari, en el que son llamados Melichior, Gathaspa y Bithisarean y en otro evangelio apócrifo, el Evangelio armenio de la infancia, donde se les llama Balthazar, Melkon y Gasparda. La primera vez que surge el nombre con que hoy conocemos a los Reyes Magos es en la iglesia de San Apolinar Nuovo, en Rávena (Italia). El friso de la imagen está decorado con mosaicos de mediados del siglo VI que representan la procesión de las Vírgenes. Esta procesión está conducida por tres personajes vestidos a la moda persa, tocados con un gorro frigio y su actitud es la de ir a ofrecer lo que llevan en las manos a la Virgen que está sentada en un trono y tiene al Niño en su rodilla izquierda. Encima de sus cabezas se pueden leer tres nombres (parte superior, de izquierda a derecha; SCS abrevia sacratissimo) “SCS BALTHASSAR SCS MELCHIOR SCS GASPAR”.

En las representaciones antiguas no aparece ningún rey negro, ni la apariencia física se corresponde con las edades aproximadas que hoy se les asigna. Respecto a lo primero, Beda el Venerable hace moreno a Baltasar a comienzos del siglo VIII: «El primero de los magos fue Melchor, un anciano de larga cabellera blanca y luenga barba (…) fue él quien ofreció el oro, símbolo de la realeza divina. El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe, de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole el incienso, símbolo de la divinidad. El tercero llamado Baltasar, de tez morena». Sólo en el siglo XVI se le hace negro completamente, a partir de una identificación de los reyes con los tres hijos de Noé, que a su vez vendrían a representar las razas pobladoras de las tres partes del mundo. Los europeos (herederos de Jafet) ofrececían al niño según esta visión oro, los semitas (Gaspar) le darían incienso de Asia, y los africanos (Cam), mirra. En el siglo XV Petrus de Natalibus había establecido que Melchor debía tener sesenta años, Gaspar cuarenta y Baltasar veinte.

Los restos de los reyes magos, tras ser encontrados por Santa Elena en Saba, vivieron un agitado traslado por toda Europa, hasta que reposaron finalmente en la catedral de Colonia.

Los dones de los Magos. Desde antiguo se interpretaron como una manifestación de la identidad del Niño: el oro se ofrecía a los reyes, el incienso a Dios y la mirra era utilizada para ungir los cadáveres antes de la sepultura: «Le ofrecieron regalos: oro, como a rey soberano; incienso, como a Dios verdadero; y mirra, para su sepultura» (Ant. Benedictus 7 de enero).

La universalidad de la salvación. Los Santos Padres vieron en los Magos de Oriente un anticipo de los pueblos no judíos, llamados a encontrar la salvación en Cristo. Así lo interpreta san León Magno: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido en el mundo entero». Los Magos son la primicia, a la que siguen muchos otros. Porque se vio en estos personajes un anticipo de los paganos que habían de convertirse al Señor, y para indicar que la salvación es para todos, se terminó por pintar a uno negro (africano), a otro de piel amarilla (asiático) y a otro blanco (europeo), representando a los tres continentes que se conocían en la antigüedad. La Epifanía anuncia la universalidad de la Iglesia Católica, llamada a evangelizar a todos los pueblos.

Sugerencias para el canto

Navidad y Epifanía celebran un mismo acontecimiento por lo que con ambas fiestas se completa el Misterio de la Encarnación. La música y el canto deben ser festivos y orientados a destacar la presencia de Dios entre nosotros. De entre los elementos propios de la liturgia de este día podemos destacar:

  • Como lazo de unión entre las dos lecturas está el canto del gradual y del aleluya. El gradual de hoy es un eco de la epístola, recoge unas frases características de la misma y las medita cantando. El aleluya, en cambio, anticipa, preparándolo, el evangelio, subrayando la idea principal de la fiesta: aparición y adoración, o luz y dones, que es también lo que expresa en otras palabras el gradual.
  • Después de la lectura del Evangelio de la Epifanía conviene proclamar o cantar el Calendario de las principales fiestas del Año Cristiano o Noveritis.
  • Hoy, que es el día de los dones, deberíamos destacar el canto del Ofertorio. Podemos cantar en el Ofertorio que no sólo los reyes de Tarsis y de las islas, y los reyes de Arabia o de Saba presentan dones y ofrendas, sino que todos los reyes de la tierra le adoran y las gentes le sirven. Entre esta multitud cósmica, nuestra adoración cobra una proporción y un sentido insospechado. Los dones de oro, incienso o mirra hoy son el pan y el vino del sacrificio, los dones de la Iglesia en los que Cristo, juntamente con ella, será ofrecido e inmolado para entregarse como alimento y salvación de la humanidad toda. He aquí el don perfecto.

Anuncio de las Fiestas del Año

NoveritisDespués de la lectura del Evangelio de la Epifanía conviene proclamar el Calendario de las principales fiestas del Año Cristiano, sobre todo las de Pascua. Expresamos así con claridad que el Nacimiento mira a la Pasión redentora y que el Eterno ha tomado nuestra condición humana para hacernos a nosotros eternos. Esta proclamación también puede ser cantada. En Occidente se conoce como el canto del Noveritis por el comienzo del texto de la proclamación en latín: Noveritis, fratres carissimi, quod annuente Dei misericordia… Se puede cantar con la misma melodía gregoriana que se utiliza en el Pregón Pascual.

Para el año 2014, la proclamación de las fiestas del Año o canto del Noveritis es el siguiente:

Queridos hermanos:

La gloria del Señor se ha manifestado en Belén
y seguirá manifestándose entre nosotros,
hasta el día de su retorno glorioso.
Por eso os anuncio con gozo, hermanos y hermanas,
que así como nos hemos alegrado en estas fiestas
de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo,
nos alegraremos también en la gran celebración pascual
de la Resurrección de nuestro Salvador.
Así pues, recordemos que este año
la ejercitación de la Cuaresma,
que nos prepara para la Pascua,
comenzará el día 5 de marzo, miércoles de Ceniza,
y del 17 al 19 de abril celebraremos con fe el Triduo Pascual
de la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesús.
El día 20 de abril será la Pascua,
la fiesta más grande del año.
Y al cabo de cincuenta días,
como culminación de la cincuentena pascual,
el domingo 8 de junio,
celebraremos la solemnidad de Pentecostés,
el don que Jesús resucitado hace a su Iglesia:
su Espíritu Santo.
Cada domingo nos reuniremos para celebrar la Eucaristía conmemorando la resurrección del Señor,
y veneraremos también la memoria de la Virgen en sus fiestas,
y de tantos hermanos santos y santas
que nos acompañan en nuestro camino.
Y ya al finalizar el año, el día 30 de noviembre,
iniciaremos un nuevo año litúrgico
con la celebración del domingo primero
del Adviento de nuestro Señor Jesucristo.
A él todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. R/ Amén.

Reyes Magos, callad: triunfa el amor, surge la luz…

Adoracion de los Reyes MagosConcluyo con un poema que Rubén Darío (1867-1916), poeta nicaragüense y máximo representante del modernismo literario en lengua española, nos dejó en 1905. Un bello y breve poema dedicado a los Reyes Magos que bien podría ser una sencilla pero profunda invitación a reflexionar sobre el verdadero sentido de la Epifanía y el conjunto de las fiestas navideñas que la acompañan: para reconocer a Dios no necesitamos sabiduría ni panderetas, sino silencio y adoración:

Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina Estrella!

Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo.
¡Y en el placer hay la melancolía!

Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.

Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el amor y a su fiesta os convida.
¡Cristo resurge, hace la luz del caos
y tiene la corona de la Vida!

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2 comentarios

Archivado bajo Año litúrgico

2 Respuestas a “LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

  1. María Dolores

    Precioso relato de la Epifanía del Señor y de la tradición de los Magos. Sirva todo para reconocer a Dios entre nosotros y que su Amor nos ilumine por siempre.
    FELIZ AÑO NUEVO.

  2. P. Eulogio

    Como todos los artículos que he leído en tu blog, acertados, sugerentes y oportunos para acompañar los tiempos litúrgicos que celebramos. Hoy nos invitas a reflexionar sobre la fiesta de la Epifanía y, curiosamente, terminas mándandonos callar, como Rubén Darío a los tres Magos. Me ha resultado excelente el final pues hemos convertido la Fiesta en eso, en fiesta, en alborozo, en consumo desmedido. ¿Dónde queda el espíritu de la verdadera Navidad? Las misas de nuestras parroquias estos días son más rápidas de lo habitual porque hay que ir a cumplir con el rito gastronómico de la Navidad. ¡Ojalá entre los dones que recibamos estos días esté esa corona que Jesús, el niño juguetón de la última imagen que has puesto, ha tirado al suelo. Pobre Melchor!

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