DIARIO DE UN CURA RURAL. EL CREDO DE LA INCREDULIDAD

GEORGE-BERNANOSEn este itinerario que venimos realizando por la Liturgia de la Palabra en el contexto de la Celebración eucarística, me parece oportuno rescatar una de las piezas literarias —y su versión cinematográfica—, más comprometidas con la temática de la fe: Diario de un cura rural. La literatura y el cine, cuando no buscan el mero entretenimiento, consiguen con frecuencia expresar ese “pathos” que tan difícilmente logramos con las palabras. La fe que cada domingo expresamos en el Credo forma parte de esa experiencia que desborda toda palabra humana por lo que os invito a indagar en el misterio de la fe de la mano de dos maestros: George Bernanos y Robert Bresson.

George Bernanos. El Credo

En 1936, George Bernanos, novelista y dramaturgo francés de la primera mitad del siglo XX,  publicó su obra maestra Diario de un cura rural, donde narra la batalla de la fe en su lucha contra el pecado a través del joven sacerdote de Ambricourt. En su primera novela, Bajo el sol de Satanás, publicada en 1932, ya estaban patentes sus preocupaciones religiosas: la lucha entre el bien y el mal, la fe y la desesperación. Desde el principio, sus preocupaciones se vinculan a una visión trágica del cristianismo similar a la de autores como François Mauriac, Graham Green o Miguel de Unamuno. La preocupación fundamental de Bernanos fue la búsqueda de la santidad y la verdadera fe. A pesar de las dudas jamás se separó de la esperanza que desde su infancia le inculcaron sus padres y formadores. Es más, según sus palabras, «la santidad es una aventura, incluso la única aventura.».

Sus sacerdotes, testigos cualificados de la fe de la Iglesia, a menudo son seres llenos de dudas sobre lo que creen y lo que predican. Se debaten entre la fe y la razón, se cuestionan la existencia del mal y se preguntan por ese Dios que con frecuencia permite el dolor y el sufrimiento de los hombres. Este elemento dramático-religioso permite dar a sus obras una tensión narrativa extraordinaria que nos acerca al problema de la fe sin concesiones ni al sentimentalismo ni al racionalismo filosófico o teológico contra el que tanto luchó Bernanos. El eje narrativo de sus novelas se basa en lo que Heidegger describió a propósito de la fe: «Si la fe no se expusiese constantemente a la posibilidad de la incredulidad, no sería fe alguna, sino comodidad o convenio consigo mismo de atenerse en lo futuro a la doctrina como algo admitido.» (Introducción a la metafísica). Pero, a diferencia del San Manuel Bueno, mártir de Unamuno en el que el sacerdote ha perdido la fe, en Bernanos los sacerdotes dudan, luchan, pero conservan la esperanza (la actitud del Adviento). El joven cura de Ambricourt muere rezando el rosario y afirmando que ya “todo es gracia” a pesar de sus dudas de fe y de morir bajo el techo de un sacerdote que “ha colgado los hábitos”.

La fe, cuyo Credo rezamos todos los domingos en nuestras celebraciones eucarísticas, se convierte en súplica común ─pero como afirmación individual─, de lo que sustenta nuestra vida religiosa. Bernanos pone en boca del cura rural una frase contundente que expresa su experiencia sobre la fe: «La fe no se pierde; cesa de informar la vida.» Algo muy distinto a lo que dice Unamuno a propósito de su personaje don Manuel  ─por cierto, coetáneo de la obra de Bernanos. Unamuno publicó su obra en 1930─: «Tengo la sensación de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida.». El drama de todo creyente es lograr traspasar la frontera del Credere Deo (creer a Dios) para alcanzar la experiencia del Credere in Deum (creer en Dios). San Agustín decía que creer en Dios incluye creer a Dios, pero que creer a Dios no lleva necesariamente a creer en Dios. Creer en Dios con la fe del Credo, es confiarse a Él, abandonarse a Él, ponerse en sus manos. Escuchar la Palabra del Señor y responder con el Credo es decir sí al Señor de esa Palabra, el sí del asentimiento, el sí de la fe y de la conversión. Don Manuel, el personaje incrédulo de Unamuno, rezaba el Credo porque sabía que sin él el pueblo no tendría fuerza para vivir aunque él haya dejado de creer. Lucha por transmitir al pueblo la fe que él ya no tiene. Por el contrario, el cura rural de Bernanos se alegra de haber podido devolver la paz a una persona que ya no creía y exclama: «qué maravilla que se pueda hacer ver lo que uno ya no tiene, el dulce milagro de nuestras manos vacías.».

Robert Bresson. Todo es Gracia

DIARIO DE UN CURA RURALEn 1950, el texto de Bernanos fue llevado al cine por el cineasta francés Robert Bresson (ficha técnica) en una realización sobria, de un blanco y negro deslumbrante y absolutamente fiel al texto original. Bresson realiza una película que es fiel a la letra pero también al espíritu del libro ─aunque con algunas licencias propias del lenguaje cinematográfico─, con la destreza estilística y personalísima que creó en todos sus filmes, haciendo de ellos una de las filmografías más profundas y elevadas en el arte cinematográfico.

La historia se sitúa en Ambricourt, al norte de Francia, donde un joven cura es destinado a una parroquia en la que vive tratando de ser fiel al modelo de Jesús, comiendo pan, vino y casi nada más. Además de su dolencia de estómago, vive con angustia la soledad e incomprensión a la que le someten los habitantes del pueblo, enfermando también interiormente. La fe en el amor, la resignación y la fe en Dios serán sus únicas esperanzas ante el diablo y su encarnación en el odio de la joven Chantal.

El diario que escribe noche tras noche le ayuda a reflexionar con la razón lo que no siempre entiende con el corazón y los sentidos: su insignificancia e ingenuidad y, en definitiva, su falta de fe (recita lo aprendido, nada más; en el seminario destacó como estudiante avanzado, pero es insociable y desharrapado). El cura de Torcy, que representa el realismo imponente de la fe, le hace ver abiertamente la realidad en la que vive: «¡Cállate! No querrás que un desgraciado desharrapado como tú haga otra cosa que recitar su lección; pero Dios bendice incluso tu lección, pues no tienes el aspecto próspero de un conferenciante de misas pagadas.». Esta gracia que Dios concede a los humildes y desharrapados es la que nuestro joven cura descubrirá sólo al final de su vida: «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.» (Rom 5,12). Es el triunfo de la gracia frente a la tentación del mal. Y un triunfo que se da en el seno de la Iglesia pues para Bernanos la Iglesia es el hogar donde cuaja una amistad no sometida a gustos ni estados de ánimo, fundada en el amor a la verdad del otro y a su destino. Esto es lo que representa el cura de Torcy al que Bresson retrata magníficamente con una iluminación mucho más clara que la del pobre cura de Ambricourt, siempre en penumbra y claroscuros.

La realización. Luces y sombras

DIARIO DE UN CURA RURAL 2Si tuviéramos que describir la película en pocas palabras, más allá de la contextualización y del contenido, veríamos que se trata de un retrato del hombre en busca del sentido, con una evidente carga religiosa, envuelto en luces y sombras interiores y exteriores que el autor utiliza como recurso expresivo cargado de significación cinematográfica y antropológica. El propio autor lo expresa así: «Dije un día que el cinematógrafo era el arte de no mostrar nada. Es asunto de luz y sombra. Hace falta mucha sombra…». Robert Bresson nos da así las pistas para entender su cine y su modo de narrar las historias que cuenta de manera admirable. Como ejemplo pondré una secuencia en la que aparece el joven cura en primer plano mientras la cámara, acercándose hacia él en un travelling lento y pausado, va, como en un candil, apagando poco a poco la iluminación sobre él hasta cerrar el encuadre en un fundido en negro. Qué recurso cinematográfico tan expresivo para hacernos ver la disposición anímica del personaje al que podemos acercarnos sólo hasta un cierto punto, pues ni siquiera el autor es capaz de adentrarse hasta lo más profundo de su alma. En todo ser humano hay un espacio interior que se disuelve en negro hacia una especie de puerta que sólo la gracia puede traspasar. Ese fundido en negro del personaje se abrirá hacia el blanco proyectando la sombra de una cruz negra (al final de la película). Es el relato de su muerte (que no vemos físicamente) en el que Bresson parece indicarnos que es en ese momento en el que se abre la puerta que conduce a nuestro personaje a la liberación del mal, no sólo físico, sino espiritual y moral. Es el momento de exclamar: “Todo es gracia”.

Simone Weil, en La gravedad y la gracia, nos lo aclara: «Todos los movimientos naturales del alma están controlados por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción es la gracia. La gracia llena espacios vacíos, pero sólo puede entrar cuando hay un vacío para recibirla, y es la gracia misma la que permite la creación de un vacío.». Si algo hay de indescriptible en el cine de Bresson es su realización perfectamente ajustada a la definición de la gracia que hace Simone Weil: la creación de espacios y de vacíos que irá llenando conceptualmente mediante un juego de luces y sombras que traspasarán nuestros sentidos hasta hacernos intuir, sin mostrar, lo más difícil que hay en el cine, el pathos (el dinamismo emocional) de los personajes, sus más íntimas pasiones, su credo, su alma. Y todo ello sin recursos fáciles a imágenes tópicas o bandas sonoras que acompañan y dirigen las emociones (qué escasa y medida es la banda sonora de esta película).

Por su forma de narrar y su estilo cinematográfico de “cine en estado puro”, no es de extrañar que fuera la película favorita del maestro ruso Andrei Tarkovski. En una ocasión hizo la lista de sus 10 películas favoritas. En primer lugar puso esta. Dice Tarkovski en Esculpir en el tiempo, acerca de Diario de un cura rural: «Bresson es probablemente la única persona que en el cine ha conseguido una correspondencia plena entre su práctica artística y la concepción formulada con anterioridad de modo teórico. No conozco a ningún otro artista más consecuente en este sentido. Su principio básico era la destrucción de la llamada ‘expresividad’, es decir, quería eliminar la frontera entre la imagen y la vida real. En otras palabras, quería que la vida real causara su efecto expresivo, en imágenes. En su película no hay ninguna elaboración especial del material, no hay modulación, no hay generalización alguna que salte a la vista.».

Concluyendo…

La obra termina con estas palabras: «Creo que murió inmediatamente después.» Así, abruptamente, se cierra la novela y la película. El autor dice “basta…”; no hay conclusiones ni moralejas ni mucho menos un final feliz. Ni siquiera la certeza de que el personaje murió… Pues bien, aquí detenemos nuestra mirada crítica. Con el impacto visual y emocional que nos deja la obra abrimos el encuadre y dejamos que seáis vosotros, lectores y espectadores, creyentes o indiferentes, quienes a partir de aquí disfrutéis del texto en su conjunto. No es una lectura fácil, pero no dejará indiferente a nadie que se asome a ella con interés. Eso sí, habrá que leerla y verla al menos un par de veces para estar en disposición de entrar por la puerta de la gracia que nos abre lentamente su autor(es).

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4 comentarios

Archivado bajo Cine y literatura

4 Respuestas a “DIARIO DE UN CURA RURAL. EL CREDO DE LA INCREDULIDAD

  1. Jorge Bernal

    Un buen comentario sobre una extraordinaria obra literaria y una escalofriante versión cinematográfica. Sólo quería hacer referencia a la definición que haces de la obra como “retrato del hombre en busca del sentido”. No sé si es sólo una expresión afortunada o si haces un guiño a la obra de Viktor Frankl “El hombre en busca del sentido”. La obra de Bernanos es anterior a la de Frankl, pero es cierto que en ambos existe una íntima preocupación por el hombre y el sentido de la vida en un contexto europeo de desolación por las grandes guerras que se vivieron en aquellos años. No creo que sea forzada la relación entre ambas obras, todo lo contrario; sólo cambia el punto de partida, especialmente en el caso de Frankl, quien vivió en primera persona los horrores de la privación de libertad. Hay una frase de la obra de Frankl que me parece que podría completar la idea de unir la experiencia de la confesión de fe con la de la búsqueda del sentido: «Tenemos que aprender por nosotros mismos, y después enseñar a los desesperados, que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros.». Cuando recitamos el Credo de la fe no sólo afirmamos aquello en que creemos sino que expresamos nuestra fe en que aquel en quien creemos también cree en nosotros. La fe, como toda experiencia religiosa, es bidireccional.

  2. Lola

    No recordaba la película, pero cuando has descrito la escena final la he recordado. La vi hace años en televisión, y leí la novela en francés cuando estudiaba el idioma. Es dura, como lo es la vida. No sé si hace dudar más la fe que su falta, pero lo que es cierto es que si se piensa mucho en ello carece de sentido. En este mundo que nos ha tocado vivir, en el que, aparentemente, hay respuesta para todo, la fe sigue siendo un misterio. Se tiene o no se tiene, no se sabe cómo ni por qué, lo que sí es cierto es que quienes la tenemos la queremos compartir y quien no la tiene, nos la quiere quitar. En el fondo la fe es un sentimiento y si hay algo difícil de explicar son los sentimientos, sobre todo en un mundo tan poco sentimental.

  3. Elena

    La fe de mis padres es mi herencia, una herencia que se encarna en el día a día dando forma a mi realidad personal, con sufrimiento, luchas, interrogantes, debilidades… Pero la fe siempre gana y el Amor del Señor junto a María me sostiene.
    Algo que cada día me impresiona más es profundizar en la verdad de que Dios, cuando bajó a nuestro mundo podía haberlo hecho de muchas formas, pero… eligió la más grande, nacer en UNA FAMILIA; padre, madre… unidos para crecer, sufrir, gozar y desde la libertad cumplir cada uno la voluntad de Dios: “hágase tu voluntad”.

  4. María Dolores

    Aprovechando el comentario en el blog de José Luis hemos leído la novela “Diario de un cura rural” de Georges Bernanos.
    En nuestra opinión es una novela muy triste, con unos personajes tremendos, dueños de una gran maldad, quizás la maldad que hay en el mundo.
    El protagonista, según los comentarios del prólogo y recogidos en el blog, es un hombre que no cree en Dios, pero en realidad entendemos que no cree en sí mismo y él es un hombre de Dios. No es que no tenga fe, es que no sabe que hacer con ella.
    La novela refleja muy bien la pequeñez del mundo rural. En la ciudad tenemos la idea de que la vida en los pueblos es muy bucólica, que el contacto con la naturaleza los hace a todos buenos e inocentes, pero la realidad es justamente la contraria. El mundo rural es muy duro, la vida no es fácil y es muy pequeño, por lo que el contacto es más frecuente y genera muchos más roces, rencores y resentimientos, que se mantienen durante generaciones.
    Esa pequeñez se observa de una manera muy evidente en las envidias y complejos que manifiestan todos los personajes, empezando por el protagonista y sus recuerdos de su triste infancia, los niños del pueblo, explotados desde que saben andar. Es impresionante la conversación con la condesa, una mujer que vive obsesionada con el recuerdo del hijo muerto, presa del odio y el resentimiento hacia su marido y su hija, que es una mala persona con todas las letras, seguramente por su mala conciencia.
    El médico que le diagnostica la enfermedad, es otro enfermo, físico y también moral. Su monólogo es apabullante.
    Todos los personajes son de una pieza y cada uno daría para una novela distinta.
    En cuanto al protagonista, el diario es un reflejo de su decadencia física y moral, que por supuesto está relacionada. Ignora lo enfermo que está, pero el hecho de estarlo, aun cuando no sea consciente de ello le afecta muy negativamente. Al final encuentra la paz, en la muerte, deja de sufrir y alcanzará a entender lo que intuía y se resistía a comprender.
    En resumen, personajes de una gran humanidad, una novela muy triste, de una gran profundidad y que lleva a reflexionar muy detenidamente en los misterios de la fe, la explicación de la pobreza o del pensamiento infantil son muy elocuentes al respecto.

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