LITURGIA DE LA PALABRA: ACLAMACIONES

ALABANZA A CRISTO

Como última lectura se hace siempre la proclamación del Evangelio, culmen de la Liturgia de la Palabra. Su lectura corona las restantes lecturas de la celebración eucarística y goza de especial dignidad. El Evangelio no es más Palabra de Dios que el resto de las lecturas, pero en él la Palabra de Dios alcanza su plenitud al ser la revelación última de Dios en Jesucristo. La presencia del Señor, que se da en toda la proclamación de la Palabra, se hace presencia especialmente viva y personal en la proclamación del Evangelio. Por eso la liturgia distingue esta lectura “por encima de las demás lecturas con especiales muestras de honor” y acumula entorno a ella signos expresivos de su singular importancia y de la suma veneración que ha de tributársele (OGMR 35).

Comienzan estos signos con la aclamación previa, el Aleluya, y terminan con la aclamación al Evangelio y el beso final al libro de los evangelios.

Las aclamaciones

Las aclamaciones son expresiones de un estado de ánimo. Son como un grito con el que expresamos nuestros sentimientos y experiencias vitales. Las aclamaciones están hechas para impactar, por eso no se pueden leer o decir, sino proclamar. Una aclamación es una expresión de júbilo, un grito, un clamor comunitario. Según la instrucción Musicam Sacram, las aclamaciones son una de las principales formas de participación activa en la Eucaristía: «Por consiguiente, la participación activa de todo el pueblo, expresada por el canto, se promoverá diligentemente de la siguiente manera: Incluya, en primer lugar, las aclamaciones, las respuestas al saludo del celebrante y de los ministros y a las oraciones letánicas, y además las antífonas y los salmos, y también los versículos intercalares o estribillo que se repite, así como los himnos y los cánticos.» (MS 16).

Desde el punto de vista musical, podemos decir que las aclamaciones no son propiamente canto. Son fórmulas muy cortas, densas y sonoras pero no son un canto. Por eso es importante que si hay introducciones musicales sean brevísimas para dejar a la asamblea explotar en su aclamación. Si es demasiado larga la introducción la asamblea permanece muda durante mucho tiempo y no resulta espontáneo el grito de júbilo que representa la aclamación.

Hay aclamaciones-júbilo, como el Aleluya, aclamaciones-himno, como el Santo, y aclamaciones-respuesta, como el Amén. La forma musical ha de ser simple, elemental, aunque donde se pueda, para dar mayor sonoridad a la aclamación, sería oportuno cantar a voces en polifonía vertical para que amplifique la expresión sonora de la aclamación. De todas las aclamaciones, la más importante es el Santo, un auténtico himno compuesto de aclamaciones y gritos de alabanza.

Las correspondientes a la Liturgia de la Palabra son el Aleluya y la aclamación al Evangelio. El Santo, la aclamación al Memorial y el Gran Amén corresponden a la Liturgia eucarística.

El Aleluya

Esta aclamación inicia el ritual de la proclamación del Evangelio. Aleluya es una palabra hebrea (Halelu-Yah) que ha pasado sin traducir a todas las liturgias y significa “alabad a Yahvé”. Es una invitación a la alabanza y expresión de júbilo. Con ella, la asamblea de los fieles recibe y saluda al Señor que va a hablarles, le glorifica y festeja en la Palabra que se dispone a escuchar y cuya acogida manifiesta de antemano con el saludo respetuoso y gozoso que dirige al Señor de esa Palabra. Porque le reconoce presente en esa proclamación que va a hacerse del Evangelio, la asamblea se pone de pie y canta a Jesucristo con esa aclamación de homenaje y júbilo que es el Aleluya.

La expresión del aleluya tiene un carácter marcadamente pascual por lo que está especialmente indicada para los domingos y días festivos. Es la aclamación pascual por excelencia, la que oímos resonar con fuerza la Noche de Pascua: «El sacerdote, terminada la epístola, entona por tres veces el Aleluya elevando gradualmente la voz y repitiéndolo la asamblea.» (Caeremoniale Episcoporum 352). Una vez entonado el Aleluya en tan solemne noche, ya no se volverá a omitir durante todo el tiempo pascual. Su canto será uno de los distintivos de este tiempo litúrgico.

El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, excepto en el tiempo de Cuaresma, en el que, en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el Leccionario antes del Evangelio, llamado tracto o aclamación.

Al ser una aclamación jubilosa su forma normal es el canto. El Aleluya debe ser cantado por toda la asamblea, no sólo por el cantor o coro que lo empieza. No es una letra que se canta, una “lectura cantada”, como el salmo responsorial, sino una música con algo de letra, un canto aclamativo en el que lo más importante es el hecho mismo del canto jubiloso. Por eso, al contrario que el salmo responsorial que “se canta o se recita”, el Aleluya «si no se canta puede omitirse» (OGMR 39). Si no se canta pierde todo su sentido aclamatorio.

La función ministerial del Aleluya es acompañar la procesión del evangeliario por lo que en cierto modo es también un canto procesional. Existe el movimiento procesional desde que el diácono pide la bendición y se dirige al ambón para proclamar el Evangelio. Pero no es esa su única función ya que no siempre hay procesión. «El Aleluya o, según el tiempo litúrgico, el versículo antes del Evangelio, tienen por sí mismos el valor de rito o de acto.» (Introducción al Leccionario 23). Eso significa que tiene entidad propia y que no es la conclusión de la segunda lectura sino que inicia la proclamación del Evangelio. La asamblea se pone de pie para cantarlo.

La estructura de este canto es sencilla: aclamación-Aleluya, versículo y aclamación-Aleluya. Normalmente el Aleluya es triple ya que, una vez proclamado el Evangelio se puede repetir la aclamación como respuesta y agradecimiento al Señor que nos ha hablado con su Palabra.

Aclamación al Evangelio

Después de la proclamación del Evangelio, el lector dice: “Palabra del Señor” y la asamblea canta: “Gloria a ti, Señor Jesús”. Esta aclamación final tendría que ser también cantada. Aunque no hay una norma explícita, se ha impuesto la costumbre de terminar elevando el libro mostrándolo al pueblo con la invitación a la alabanza “Palabra del Señor”, a lo que puede responderse con el Aleluya o con la aclamación “Gloria a ti, Señor Jesús”.

En cualquier caso, la aclamación inicial, el Aleluya, y la aclamación final deberían cantarse. Y mucho mejor todavía si se cantaran, al menos en las solemnidades y fiestas de especial relieve, las otras aclamaciones: “El Señor esté con vosotros”, y el enunciado del evangelio: “Lectura del santo evangelio según…”. Con ello, la proclamación del Evangelio que nunca, o casi nunca será cantada, queda enmarcada en canto.

EUCARISTÍA Y MÚSICA LITÚRGICA /8

♦♦♦ Propuesta de Cantos para la Celebración eucarística según los Tiempos y Ciclos litúrgicos en LITURGIA DOMINICAL

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4 comentarios

Archivado bajo Eucaristía y música litúrgica

4 Respuestas a “LITURGIA DE LA PALABRA: ACLAMACIONES

  1. Lola

    Esta semana podemos comprobar que lo hacemos casi bien, quiero decir, que es habitual cantar el Aleluya, aunque no tanto la introducción y el final del Evangelio, ni siquiera en las solemnidades. Recuerdo haber oído recitar el Evangelio, concretamente en la Catedral de la Almudena, un día de la Inmaculada, del año que fue consagrada, y me gustó. Resulta curioso cómo las indicaciones recogidas en el blog por José Luis, aunque no las hagamos habitualmente, las haríamos con gusto, aunque fuera por placer estético, pues realzan la celebración sin caer en la ostentación.

  2. Juan Diego

    Pensaba que el Aleluya no se cantaba en Adviento. ¡Qué bueno que lo aclaraste! Gracias.

  3. Mrielos

    ¡Hola! ¿Me podrían aclarar esta duda? ¿Saben qué se responde cuando el sacerdote dice después de la consagración: Aclamen el Misterio de la Redención…? ¿y cuando dice: Este es el Misterio de la fe. Cristo se entregó por nosotros…? o bien cuando dice: Cristo se entregó por nosotros…? ¿S responde siempre igual: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven señor Jesús, o hay alguna otra respuesta a estas aclamaciones?
    ¡Muchas gracias!

    • El Misal Romano ofrece tres posibles aclamaciones:

      Primera Fórmula:
      C:/ Este es el Sacramento de nuestra fe.
      O bien:
      C:/ Éste es el Misterio de la fe.
      Y el pueblo prosigue, aclamando: R:/ Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

      Segunda Fórmula:
      C:/ Aclamad el Misterio de la redención.
      Y el pueblo prosigue, aclamando: R:/ Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

      Tercera Fórmula:
      C:/ Cristo se entregó por nosotros.
      Y el pueblo prosigue, aclamando: R:/ Por tu cruz y resurrección, nos has salvado, Señor.

      Se pueden emplear indistintamente a lo largo del Año litúrgico aunque la primera es más apropiada para el Tiempo de Adviento, la tercera para el Tiempo de Cuaresma y Pascua y la segunda para el Tiempo ordinario.

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