ORDET. LA EFICACIA DE LA PALABRA

ORDET - Arrullo del viento

En 1972 se hizo internacionalmente famosa la canción escrita por Leo Chiosso y Giancarlo del Re, graciosamente interpretada por Mina Mazzini y Alberto Lupo, titulada “Parole, parole”. Era un dueto en el que Mina lamentaba el final del amor y las mentiras que había tenido que soportar. Mientras su pareja habla y la adula, Mina simplemente respondía “parole”, dando a entender que no creía en lo que decía su pareja por mucho que dijera cosas bonitas. La parte central de la canción decía más o menos esto: “palabras, palabras, palabras / palabras, palabras, palabras, / son sólo palabras, / palabras entre nosotros”. Esta canción ligera, convertida en himno a la vaciedad de la palabra, alimentó las emisoras de radio de medio mundo durante mucho tiempo. Un himno a las palabras que no dicen nada porque no significan nada, porque no realizan aquello que dicen. Palabras que el alba diluye porque nace un nuevo día y muere la noche. Palabras que son sólo palabras…

Esta pequeña anécdota musical quizá deberíamos tenerla más en cuenta a la hora de describir la experiencia de comunicación que habitualmente tenemos entre nosotros (comunicación horizontal) y entre nosotros y Dios (comunicación vertical). Cuando la comunicación no es bidireccional y cuando aparecen innumerables “ruidos” en nuestro proceso de comunicación, lo que decimos está vacío, hueco. Emitimos sonidos, palabras, pero no nos comunicamos. Cuando hay comunicación verdadera ambos actores interactúan entre sí y quedan mutuamente afectados por lo que se dicen. Lo suyo no son sólo palabras entre ambos sino un proceso en donde la palabra, contenedor de nuestros pensamientos, emociones e ideas, irrumpe en el otro modificándolo, transformándolo; y viceversa. Es lo que se conoce como “palabra eficaz” porque logra el efecto que se desea con la palabra. Si digo: “cambia de sitio esa mesa” y el otro lo hace, mi palabra ha sido eficaz. Pero si digo cosas y cosas sin sentido, sin intencionalidad, provoco que el otro sólo las escuche “como quien oye llover”; mi palabra es sólo palabra porque no dice nada y por tanto no llega al otro. Pero si digo palabras llenas de contenido (un arma cargada de futuro, como diría Gabriel Celaya) pero el otro no las escucha o “se hace el loco” cantando “parole, parole, parole…”, mi palabra no está vacía pero le he negado la eficacia porque he cerrado mi canal de comunicación, mi corazón y mi mente. Es algo parecido a lo que contaba Jesús en la parábola del sembrador: la semilla es buena pero la tierra en la que cae puede malograr su eficacia.

Eso es lo que ocurre también con nuestra “escucha de la Palabra” (Palabra de Dios). La rutina y el cansancio de lo sagrado debilitan nuestra capacidad de escucha de la Palabra como palabra eficaz haciéndonos sordos a la auténtica salvación de Dios por la Palabra. Cada vez que celebramos la Eucaristía comulgamos con la Palabra y comulgamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pero ¿es eficaz esta comunión?, ¿realiza de verdad en nosotros lo que dice?, ¿tenemos la fe suficiente para dejar que la Palabra nos transforme?

Para ilustrar esta realidad me permito traer hoy a vuestra consideración una de las grandes películas de la cinematografía mundial: Ordet (La Palabra).

Ordet (Carl Th. Dreyer, 1945)

Ordet es originalmente una obra teatral escrita por el pastor protestante Kaj Munk quien por defender la libertad de la palabra murió víctima de la persecución nazi en su natal Jutlandia. Casado y con cinco hijos, gustaba de la vida retirada, casi monacal. Fue un autor muy prolijo y de una creatividad asombrosa; escribió Ordet, por ejemplo, en seis días durante el verano de 1925.
En 1944-1945, Carl Theodor Dreyer, cineasta de la vecina Dinamarca, llevó la obra al cine con un resultado extraordinario de adaptación, puesta en escena y calidad artística. Si Ordet es una de las obras más conocidas de Munk, para Dreyer es su gran obra maestra, la culminación de su estilo cinematográfico, una de las mejores películas religiosas de la historia del cine.

Ordet es un drama realista en el que se pone en escena un acontecimiento misterioso; nada menos que un milagro. El marco en el que se desarrolla es la rivalidad entre dos formas de interpretar lo religioso, dos grupos dentro de la Iglesia danesa: el grupo de la Misión interior, pietista y centrado en la conversión y en la certeza subjetiva de la salvación, y el grupo de los seguidores del obispo Grunddtvig, segundo reformador de la Iglesia danesa, después de Hans Tausen cuyo retrato aparece constantemente en el salón de la granja de Borgensgaard.

Ordet narra la historia de una pequeña comunidad de la Jutlandia occidental, hacia 1930. El viejo Morten Borgen dirige la granja de Borgensgaard. Tiene tres hijos: Mikkel, Johannes y Anders. El primero está casado con Inger y tiene dos hijas pequeñas, aunque en estos momentos Inger está embarazada y esperan el tercero. Johannes es un antiguo estudiante de teología que, por haberse obsesionado en sus estudios (sobre todo en Kierkegaard), e identificarse constantemente con la figura de Jesucristo, es considerado por todos como un loco. El tercero, Anders, está enamorado de la hija del sastre, líder intransigente de un sector religioso rival. Esta circunstancia revitaliza la discordia que siempre ha existido entre las dos familias, ya que ninguna ve con muy buenos ojos que sus hijos contraigan matrimonio. Sin embargo, Morten Borgen decide ir a casa del sastre para exponerle la situación y tratar de convencerle con el fin de que disminuya su intransigencia. La tentativa termina en un gran fracaso, y las familias quedan más enfrentadas, si cabe. Durante la charla que ambos padres mantienen, suena el teléfono: Inger está dando a luz. Morten y su hijo se apresuran a regresar a su casa y se encuentran al doctor, que les expone las dificultades que está teniendo para llevar a buen fin el alumbramiento, ya que el niño está muerto y va a ser difícil salvar la vida de Inger. El viejo Borgen reza, pero sus peticiones no surten efecto: Mikkel, apesadumbrado, anuncia a todos la muerte de su esposa…

La eficacia de la Palabra

ORDET - Johannes y MarenEn un contexto de rivalidad religiosa tan palpable, resulta irónico que Johannes se haya trastornado estudiando teología ─más exactamente filosofía─, estudiando a Kierkegaard, el filósofo impertinente. Su identificación con la crítica a la religión de sus correligionarios que hace el pensador danés lleva a Johannes a identificarse con Jesucristo, pero a diferencia de éste que trae un mensaje de bienaventuranza, Johannes comienza su discurso en su primera intervención con las malaventuranzas: «¡Ay de vosotros, hipócritas!… ¡Ay de vosotros que no creéis en mí, Cristo resucitado..! ¡Ay de aquél que no crea, pues sólo quien tenga fe entrará en el reino de los cielos!». Mientras lanza este mensaje el viento acaricia los trigales en una imagen que posteriormente tomará prestada Tarkovski (en su película El espejo, por ejemplo) para simbolizar la imagen interior, el arrullo de nuestra historia. Dreyer la utiliza en varias ocasiones y siempre en el contexto de los discursos al aire libre de Johannes en los que parece que lo que dice conmueve sólo a la naturaleza pero no a los hombres.

En la historia destacan dos grupos de personajes: los que tienen fe verdadera (Inger y su hija Maren) y los que o no tienen fe, la han profesionalizado o la han abandonado (el pastor, el propio Morten, Mikkel, el sastre…). Johannes es el catalizador de ambas posturas. Desde la locura reclama la fe verdadera. Quien muere es una persona de fe que cree que los milagros se producen en lo cotidiano; quien fuerza la resurrección es una niña que con su fe pura e infantil hace posible el milagro; quien hace el milagro es el “loco-cuerdo”, el que cree en la fuerza y eficacia de la palabra siempre que vaya acompañada de la fe.

Hay un travelling extraordinario de 360º casi imposible en el que la cámara envuelve por completo a la niña Maren y a su tío “loco” mientras hablan de la fe y de la resurrección: inocencia y locura, profecía, poesía y locura… ─«De profetas, poetas y locos todos tenemos un poco» decimos en nuestro acervo popular─. Pues bien, la “locura” de la cruz sólo se comprende desde la “locura” de la fe. Y quien tiene fe de verdad permite que la Palabra sea eficaz y le transforme a él y a su realidad circundante. «Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá.» (Mt 7,7). La escucha de la Palabra no puede encontrar en nosotros el estribillo de Mina “parole, parole, parole” sino la respuesta creyente «Señor yo creo…» (Mc 9,20). No por nada en nuestra Liturgia de la Palabra, dentro de la celebración eucarística, después de la proclamación de la Palabra hacemos juntos la profesión de fe. ¿Lo hacemos conscientes de lo que significa? ¿Cambia algo en nuestras vidas mientras asistimos al milagro de la resurrección de Cristo en el Memorial de la Eucaristía y cuando salimos de misa?

Os invito a que veáis la película más allá de lo anecdótico de la resurrección y de las disputas religiosas; entonces comprenderemos que la Palabra realiza aquello que invoca únicamente cuando no sólo creemos en la Palabra sino que también creemos a la Palabra. Es el círculo perfecto de la comunicación vertical entre Dios y el hombre.

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2 comentarios

Archivado bajo Cine y literatura

2 Respuestas a “ORDET. LA EFICACIA DE LA PALABRA

  1. Lola

    Ví la película hace bastantes años y me resultó lenta, con bella fotografía, bien interpretada, teatral y sólida. No sé si ahora me gustaría más o menos que entonces.
    En cuanto a la cuestión de la atención a la palabra, creo que todos estamos más o menos “profesionalizados”, empezando, en muchas ocasiones, por los propios celebrantes. Sería bueno que al entrar en la iglesia para participar de la Palabra de Dios dejáramos en la puerta los problemas y preocupaciones; quizás al salir comprobaríamos que se han ido, transformado o aligerado. Con la ayuda de Dios es posible, pero ¿sabemos pedírsela?

  2. Carles

    Soy, sin más, un creyente preocupado por vivir conscientemente mi fe. Leo la Biblia con asiduidad y procuro estar atento a la proclamación de la Palabra en las misas de los domingos. Sin embargo, no logro comprender de qué manera la Palabra es eficaz ya que salvo esos testimonios tan llamativos que de vez en cuando sacamos a colación de personas que se han convertido al escuchar un determinado texto del evangelio, lo normal es que los cristianos salgamos de misa más o menos como entramos. No veo cambios ni en mí mismo ni en las personas que me rodean; seguimos siendo igual de limitados y mediocres escuchemos o no la Palabra, comulguemos o no con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Si la Palabra es eficaz es porque realiza aquello que dice, pero no es automática, no se impone; necesita nuestra actitud positiva para recibirla y dejarnos transformar. ¡Pues vaya eficacia! Pero además, tampoco es eficiente pues no consigue lo que dice con el mínimo de recursos; ¡empleamos toda la vida en ello! Como dice Lola, quizá somos demasiado “profesionales” de la Palabra y muy poco o casi nada “oyentes” de la Palabra.

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