LA MÚSICA EN LA LITURGIA

INSTRUMENTOS E INSTRUMENTISTAS

Gilles Binchois y Guillaume Dufay, músicos y compositores flamencos (s. XV)

La expresión que utilizan los salmos para referirse al término “cantar” hace referencia a un canto acompañado de instrumentos (probablemente instrumentos de cuerda). La Biblia griega tradujo la palabra zamir por psallein, que en griego significa “puntear” (sobre todo referido al sonido de los instrumentos de cuerda, el arpa o la cítara). Con ello estaban indicando que los salmos (psallein), aun siendo un canto vocal, se entonaban acompañados de instrumentos musicales. Este modo concreto de rezar del pueblo de Israel creó una cultura que poco a poco se fue desarrollando añadiendo nuevos elementos culturales y nuevas expresiones musicales que en algunos casos fueron la puerta para amplias discusiones sobre el problema de la inculturación. Oriente siguió siendo fiel a la música puramente vocal mientras que Occidente adoptó otras formas musicales como la polifonía (el papa san Gregorio Magno, en el siglo VII fue el gran compilador de la música litúrgica y creador de la schola cantorum que fue por toda Europa divulgando ese repertorio que pronto tomó el nombre de “canto gregoriano”).

El órgano como principal instrumento acompañante

La voz es el principal instrumento de la música litúrgica y no será hasta la primera mitad del siglo XI cuando se normalice el uso del órgano en la liturgia. Una vez incorporado a la liturgia, el órgano ha ido conquistando tal prestigio que se ha convertido en el instrumento por excelencia para acompañar el canto litúrgico. Una de las primeras referencias de órgano destinado al culto es la de Tona en 888: Un presbítero llamado Álvaro certifica que ha traído para la dedicación de la iglesia de esta localidad catalana un cáliz, una patena, un Misal, un Leccionario y un órgano. En la primera mitad del siglo XI el órgano ya es considerado como un objeto litúrgico más, pero el carácter sacro del órgano será definitivamente sancionado por Santo Tomás de Aquino, cuando en su comentario al salmo 32 afirme como efecto peculiar de este instrumento que «el afecto del hombre es arrebatado a lo celestial», idea que será retomada por el Concilio Vaticano II en la Sacrosanctum Concilium casi con sus mismas palabras: «Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales.» (SC 120).

Otros instrumentos musicales para la liturgia

A partir del Concilio Vaticano II se ha generalizado, sin embargo, el uso de otros instrumentos musicales: «Los instrumentos musicales pueden ser de gran utilidad en las celebraciones sagradas, ya acompañen el canto, ya intervengan solos. El empleo de instrumentos en el acompañamiento de los cantos puede ser bueno para sostener las voces, facilitar la participación y hacer más profunda la unidad de la asamblea.» (MS 62 y 64). La discusión sobre qué instrumentos se pueden utilizar y qué instrumentos no son aptos para el acompañamiento del canto litúrgico se resuelve con la adecuada formación litúrgica que venimos reclamando desde estas páginas pues cuando sabemos qué celebramos y por qué, todo tiende casi espontáneamente a ello sin estridencias. La música instrumental sirve para sostener, acompañar el canto y dar carácter festivo a las celebraciones. El órgano lo hace de forma más natural por su tradición eclesial, pero otros instrumentos, igualmente válidos, requieren mayor atención para que su uso no nos distraiga y extravíe de lo que estamos celebrando.

Merece sólo un apunte el uso generalizado que hacemos en nuestras celebraciones de la guitarra, un instrumento muy apreciado en nuestra cultura que se aprende a tocar fácilmente, al menos para acompañar con acordes. Precisamente por la falta de formación litúrgica que venimos repitiendo, con frecuencia se ha trivializado el uso de la guitarra por el empleo de ritmos inadecuados y líneas melódicas impropias de la música litúrgica. Las mal llamadas “eucaristías de jóvenes” o “eucaristías con niños” parecen más “fuegos de campamento” o “festivales de música” que auténticas celebraciones litúrgicas. Es necesario y urgente encauzar el uso que se hace de la guitarra y de los demás instrumentos en las misas dominicales para que el instrumento se adapte a la celebración y no al revés.

Los criterios

Qué cantamos y qué instrumentos utilizamos para nuestras liturgias son decisiones importantes que no deben estar en manos de cualquiera que con buena voluntad trate de “amenizar” nuestras celebraciones. Corresponde en primer lugar a los responsables de las comunidades y de las parroquias (incluso al Ordinario del lugar) velar para que la música y el canto sean un verdadero “ministerio” al servicio de la fe y de la oración del Pueblo de Dios. Por resumir, recordemos una vez más que las características que debe aportar la música y el canto para que sean litúrgicos son:

* Primacía del texto frente a la música. La música está al servicio del texto y no al revés. Para que el canto y la música sean litúrgicos, los textos han de estar inspirados en la Sagrada Escritura y en los textos de la propia liturgia (así lo dice el Concilio), pero también han de ser capaces de interpretar el sentido auténtico, el sensus del rito, hacerlo comprensible y, por tanto, permitir y conducir a la implicación y a la «participación activa».

* La calidad musical. El canto y su acompañamiento instrumental han de ser artísticamente bellos, de buen gusto y en armonía con el carácter sagrado de lo que celebramos. Hay una gran variedad de instrumentos que se pueden utilizar en las liturgias, no sólo el órgano, pero han de respetar el criterio de adecuación, armonía y necesaria participación de la asamblea.

* La adaptación a la celebración. El canto y la música litúrgica no tienen una función concertística sino que están al servicio de la celebración del Misterio y de la Palabra, en donde radica el único protagonismo de nuestras liturgias. Hay diversidad de celebraciones y de tiempos litúrgicos por lo que en cada caso hay que procurar que la música y el canto se adapten en los textos y en las melodías y ritmos a cada momento celebrativo (no es lo mismo el Tiempo de adviento, lleno de expresiones que manifiestan la “espera” por la venida del Mesías, que el Tiempo de Pascua en el que cantamos con gozo el Aleluya de la Resurrección del Señor; como no es lo mismo un canto de entrada que un canto de ofertorio o de acción de gracias…).

* La adecuación a nuestras comunidades. No es lo mismo celebrar una liturgia en un grupo reducido que en una celebración multitudinaria, o en una comunidad de religiosos que en una asamblea dominical, como no es lo mismo celebrar la liturgia en una cultura que en otra (diferentes etnias, diferentes tradiciones culturales y religiosas…). Cada uno requiere un estilo apropiado de ritmos, de género musical e incluso de textos adaptados a sus circunstancias. Pero siempre, en cualquier lugar en que se celebre una liturgia cristiana, la música y el canto, como signos litúrgicos, han de conducir a hacer visible y audible la experiencia “fascinante y tremenda” de Cristo resucitado en medio de una asamblea que expresa al unísono su fe.

LITURGIA Y COMUNICACIÓN /5

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2 comentarios

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2 Respuestas a “LA MÚSICA EN LA LITURGIA

  1. Elena

    ¡Qué maravilla desde la voz que nos ha sido dada, regalada, desde el amor a la celebración bien preparada, desde el esfuerzo de una entrega a darlo todo, rememorar día tras día la fe, la fe de la Iglesia, nuestro compromiso de cristianos junto a las dificultades más fuertes de nuestra vida con Cristo!

  2. Lola

    Hoy estamos ante un texto especialmente bonito. Me ha encantado.
    Para mí es una lástima que se pierda el canto gregoriano por una errónea interpretación del Concilio y de la participación del pueblo. Desgraciadamente, y podemos apreciarlo en la vida diaria, la participación masiva, en lo que sea, acarrea una pérdida de calidad, lo cual es especialmente grave cuando se trata de celebraciones litúrgicas y si son celebraciones especiales, más aún. En cuanto a las celebraciones para jóvenes y/o niños, dudo de su valor didáctico, pues se acostumbra a los niños que la misa es una diversión y, nada más lejos de la realidad. Asistir a misa es una obligación para los creyentes, disfrutar de ella es un acto de voluntad y la fuerza de voluntad se adquiere, ante todo, con ganas; pero esta actitud de “facilitar las cosas a los niños y jóvenes” entra dentro de las modernas teorías pedagógicas que los considera unos pobrecillos que no deben sufrir en la vida, con el resultado de que hay adolescentes de treinta años.
    Solo añadir que la palabra de Dios es demasiado bella como para banalizarla con una música inadecuada y, en ocasiones, mal interpretada.

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