EL CANTO EN LA LITURGIA

PARTITURA CODICELa importancia que el canto tiene en el contexto de la religión bíblica es evidente. En el Antiguo Testamento la palabra cantar aparece 309 veces y en el Nuevo 36. Cuando el hombre entra en contacto con Dios las palabras se hacen insuficientes. La primera mención del canto la encontramos después del paso del Mar Rojo. La reacción del pueblo ante el acontecimiento de la salvación que había experimentado se relata así: «Creyeron en Yahvé y en Moisés su siervo.» (Ex 14,31)… «Entonces Moisés y los israelitas cantaron este cántico a Yahvé…» (Ex 15,1). En la celebración de la noche pascual seguimos cantando año tras año este cántico porque también nosotros nos sentimos salvados.

El culto judío incluía el canto de los salmos, la oración bíblica por excelencia. El mismo Jesús cantó durante la cena con sus discípulos: «Después de cantar los salmos, partieron para el monte de los Olivos.» (Mt 26, 30). La lectura de la Torá en la sinagoga se hacía con un recitado-cantado que incluía un giro melódico típico final que favorecía la retención del oyente. Al parecer, cada libro del Antiguo Testamento tenía un recitado diferente. No se entonaba igual el libro de Jeremías que el de las Lamentaciones o un capítulo de Isaías.

El canto litúrgico se sitúa en esta gran tradición histórica de experiencia de salvación. Para el pueblo judío el paso del Mar Rojo quedará como el fundamento de su Alianza con Dios mientras que para los cristianos el verdadero éxodo es la resurrección de Cristo que ha atravesado el “Mar Rojo” de la muerte, que ha descendido a los infiernos y ha abierto las puertas del triunfo. En la liturgia del pueblo de Israel, al igual que para nosotros hoy, el cántico de Moisés ocupa un lugar fudamental junto a los salmos porque expresan lo que Dios ha hecho con su pueblo, y así lo cantamos: «Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.» (Ex 15)

El canto, un carisma del Espíritu

J. Ratizinger, en El espíritu de la liturgia, nos recuerda cómo el Espíritu Santo enseñó a cantar a David y por medio de él a Israel y a la Iglesia. El canto es la nueva lengua que procede del Espíritu en donde tiene lugar la “sobria embriaguez” de la fe en cuanto que supera las posibilidades de la mera racionalidad. Cristo y el Espíritu son inseparables, por lo que necesariamente los cánticos inspirados nos conducen a Cristo quien nos ha dado el Espíritu que a su vez nos permite dirigirnos a Dios como Abbá, Padre. Es un círculo trinitario perfecto en el que el canto es vehículo de comunicación entre las tres personas de la comunidad trinitaria y nosotros, su pueblo.

La primitiva comunidad cristiana es heredera de esta tradición siendo continuamente exhortada a dirigirse a Dios con cantos: «Con el corazón agradecido cantad a Dios salmos, himnos y cánticos inspirados.» (Col 3,16); «Cantad y celebrad interiormente al Señor.» (Ef 5, 19). Probablemente se trata de los tres cánticos evangélicos que la Iglesia reza en la Liturgia de las Horas: el de María (magnificat), el de Zacarías (benedictus) y el de Simeón (nunc dimittis) así como de los numerosos cánticos que se recogen en el resto de escritos del Nuevo Testamento (cartas paulinas y Apocalipsis). Podríamos decir que era su “cantoral litúrgico”, con el que rezaban y cantaban a Dios en sus asambleas.

En nuestras celebraciones litúrgicas hemos heredado toda esta riqueza, especialmente en la Liturgia de las Horas, pero también en la eucaristía, en la que además del canto de los salmos hemos incorporado otras aclamaciones de la primitiva comunidad cristiana como el “maranathá”(¡ven, Señor Jesús), el “kyrie” (Señor, ten piedad), el “Gloria” o el “amén” (que en palabras de san Jerónimo, «explotaba como un trueno».)

«Cantar es cosa del amor» (San Agustín)

Ya que el Espíritu está en el origen del canto religioso es interesante recordar la imagen nupcial con la que se nos presenta la relación de Dios con el hombre. Dios se desposa con su pueblo con quien sella una Alianza nueva. La alianza es la imagen de los desposorios y del matrimonio como vínculo de amor de Dios con el hombre y del hombre con Dios. De esta forma, el amor humano pasa a ser imagen de la actuación de Dios con su pueblo. Pero puesto que la Alianza nueva se sella por el Espíritu Santo, que es el amor, porque es Cristo que se nos entrega para siempre y nos conduce al Padre, y ese mismo Espíritu es el origen del canto, podemos decir con san Agustín que «cantar es cosa del amor».

Cantar es un verdadero signo litúrgico

Teniendo en cuenta la tradición bíblica y la expresión del canto como carisma del Espíritu, a lo largo de la historia de la Iglesia el canto ha ido adquiriendo ropajes propios de su tiempo así como tratando de purificarlo de todo aquello que no le era propio. La influencia del canto litúrgico popular fue usada por quienes propagaban doctrinas erróneas divulgando así las herejías. Esto incitó a compositores fieles a la fe católica y apostólica a componer himnos métricos de fácil retención para fijar en la mente y en el corazón la verdadera doctrina. Baste recordar a san Efrén, Gregorio Nacianceno, san Ambrosio o san Agustín. Sin embargo, no todos los Santos Padres fueron unos entusiastas del canto en la liturgia. Algunos como san Juan Crisóstomo, fueron muy críticos, por entender que la música era un factor de dispersión y un halago de los sentidos. En la Edad Media santo Tomás se muestra un tanto cohibido al defender el canto litúrgico (cf. S Th II-II, q. 91, a.2). Estas actitudes manifiestan que en la Iglesia siempre ha existido una preocupación muy grande por el carácter auténticamente religioso y litúrgico del canto y de la música en el interior de las celebraciones.

Posteriormente, enriquecido el canto con la polifonía, se hizo presente en los monasterios y en las catedrales hasta que con el Concilio Vaticano II se convirtió en expresión de todo el Pueblo de Dios quien, mediante el canto litúrgico, se une más íntimamente a su Señor participando de forma activa en aquello que celebra. De esta forma, purificándose de los excesos y desviaciones que le han acompañado a lo largo de la historia, el canto ha ido recuperando su verdadera función ministerial al servicio de la liturgia convirtiéndose en “signo litúrgico” en cuanto que es palabra, voz que proclama la Palabra con mayúsculas.

LITURGIA Y COMUNICACIÓN /4

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4 comentarios

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4 Respuestas a “EL CANTO EN LA LITURGIA

  1. Elena

    Cada dia experimento más fuerte la unión que el canto produce en esa comunicación íntima con Dios. Cómo ayuda a vivir los distintos tiempos litúrgicos y de este modo llegar a entender desde la humildad del canto el gran misterio de la celebración de nuestra salvación, recordar, revivir la muerte y resurrección de quien dió vida a mi vida con su vida.

  2. Lola

    El canto es una forma de oración y en las religiones primitivas casi la única, si se tiene en cuenta que la mayoría de la población era analfabeta. De todos es sabido que las letras se recuerdan mejor cuando van acompañadas de música. Dicho lo anterior, es indudable que la música introduce un factor de solemnidad en las celebraciones, por eso entiendo que hay que ser muy cuidadosos con lo que se canta. Hace unos años se puso de moda cantar con la música de un éxito de los años setenta: “En la selva hoy duerme el león” y a mí, cada vez que la oía, me entraba la risa, cosa que en el Ofertorio no es muy adecuada. Los éxitos de discoteca son muy pegadizos, pero poco adecuados para una celebración litúrgica. La música del “Cóndor vuela” es muy buena, pero para el Padre Nuestro………

  3. Maria Antunes Simão

    Não concordo, que a uma música profana como «el condor» seja adaptada uma letra, que nada tem a ver com liturgia e se cante na EUCARISTIA! Estarei errada?

    • No, no estás equivocada, María. Los criterios para que una música o un canto sean litúrgicos están muy claros. Hoy ya no se utilizan tanto esas melodías para la liturgia, afortunadamente.

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