LOS SIGNOS Y LOS GESTOS

La liturgia eucarística tiene necesariamente un componente dramático. Cada vez que celebramos la eucaristía revivimos (y representamos) un acontecimiento dramático: Cristo murió por nosotros en el altar de la cruz pero Dios Padre lo resucitó para la salvación de todos. Ya hemos visto que lo que celebramos va siempre más allá de lo que representamos porque nos introduce en una dimensión trascendente que ni siquiera depende de nosotros (la liturgia no “se hace” sino que “se  recibe”). La liturgia es el medio de que disponemos para que se produzca este misterio en nosotros. Y la liturgia, como acto de representación dramática (pero atención, la liturgia nunca podrá ser un “teatro” aunque aparezca como una acto de representación dramática), está formada por signos y gestos que conviene llenar de contenido para que sean significativos y nos conduzcan a la trascendencia que ellos mismos apuntan. La liturgia es “el dedo que apunta a la luna”. Miremos a la luna pero, por favor, señalemos bien…

Los signos y los gestos

El término liturgia proviene del latín liturgīa (liturguía), que a su vez proviene del griego λειτουργία (leitourguía), con el significado de «servicio público», y que literalmente significa «obra del pueblo». En su acepción cristiana, este servicio se realiza mediante un conjunto de gestos y signos que intentan poner de manifiesto el contenido de lo que se quiere celebrar. Son por tanto una forma de expresión (de comunicación) entre el contenido que se quiere expresar y quien lo recibe. El contenido es Cristo y quien lo recibe la comunidad creyente y orante. El Concilio Vaticano II en la “Constitución sobre la Liturgia” lo expresa de esta manera: «La liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan, y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.» (SC 7).

Los signos son todo aquello que me comunica algo. Es una forma indirecta de conocer la realidad, como un puente que me lleva a la otra orilla. Si alguien aparece y me regala un ramo de flores, aunque no me diga nada con palabras, me estará diciendo que me quiere o que me aprecia. Las flores, como signo de ese amor, me conducen a la orilla de los sentimientos de esa persona hacia mí. Los signos por excelencia de la liturgia cristiana son dos: el silencio y la palabra. Romano Guardini lo expresaba así: «La liturgia la componen la palabra y el silencio; las canciones, la alabanza de los instrumentos y la imagen; los símbolos y los gestos que corresponden a la palabra.».

La Palabra, con mayúsculas (el “logos”), está en lo que proclamamos con palabras y cantamos con la voz humana. Mediante la palabra y a través de la voz humana, el sacerdote se dirige en nombre de la comunidad al Padre; luego están las distintas formas de anuncio (las lecturas, el comentario a la palabra leída y la respuesta de la comunidad), y finalmente las aclamaciones, las distintas formas de recepción meditativa de la Palabra, como el canto del salmo (éste tiene un valor simbólico fundamental en la liturgia ya que nos revela el rostro de Cristo: «Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.» (Salmo 27). San Agustín decía que el canto del salmo no es un canto cualquiera sino que es el canto de la mesa de la Palabra).

El silencio hay que entenderlo como interiorización de la palabra y los signos. El silencio hace posible el sosiego, la calma en la que el hombre hace suyo lo duradero. La “emoción litúrgica”  no consiste en la “variedad” (en hacer cosas para que nuestra celebración sea más amena) sino en conseguir un espacio en el que el hombre pueda encontrar lo verdaderamente grande e inagotable, lo que no necesita variación porque satisface en sí mismo, es decir, la verdad y el amor.

Los gestos, lo que hacemos cuando nos dirigimos al Padre (estar de pie, sentado o de rodillas, inclinarnos, extender las manos, darnos la paz…), son lo que nos permite aunar lo exterior con lo interior en una relación de enriquecimiento mutuo. La Iglesia insiste en la necesidad de renovar, actualizar, “entroncar” los gestos con cada cultura, para que las palabras y gestos sean más “significativos” para la mentalidad del hombre. La liturgia consta de una parte inmutable por ser de institución divina (la fórmula de la consagración por ejemplo), y de otras partes sujetas a cambio que pueden y deben ir cambiando, como lo ilustra la historia de la Iglesia. La repetición constante de los ritos, realizados generalmente sin conocer su significado, produce un inevitable desgaste y llegan a “no decir nada”. Por eso nos pide la Iglesia un esfuerzo de reflexión, creatividad y participación para hacer cada vez más visible el misterio de la fe en los gestos que realizamos.

El gesto más antiguo de oración en el cristianismo son las manos extendidas hacia lo alto. Los cristianos vieron dos significados en los brazos desgarrados de Cristo en la cruz: la adoración al Padre y el abrazo con el que Cristo quiere atraernos hacia Él. Después se desarrolló el gesto de juntar las manos, gesto que probablemente procede del sistema feudal en el que el siervo ponía sus manos en las manos del señor como gesto de entrega; era una expresión de confianza y fidelidad.

Otros gestos que realizamos en nuestras celebraciones son: las manos que dan y reciben (la paz), las manos que reciben el cuerpo de Cristo, las manos que realizan la señal de la cruz, la imposición de las manos (gesto sacramental), las manos que golpean el pecho en señal de dolor y contrición, las reverencias, las miradas, los besos, la procesión o el canto.

El canto aparece, por tanto, como signo litúrgico en cuanto que también es palabra, voz (que proclama la Palabra con mayúsculas) y gesto que realiza la comunidad orante en cuanto que ésta, con el canto, expresa lo que no es capaz de decir con palabras u otros gestos.

LITURGIA Y COMUNICACIÓN /2

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3 comentarios

Archivado bajo Liturgia y comunicación

3 Respuestas a “LOS SIGNOS Y LOS GESTOS

  1. Elena

    Gracias por recordarnos que lo que hacemos no es insignificante. Qué importante es eso de que la “emoción litúrgica” es algo que se nos da y que no depende de lo que hacemos nosotros. Pero lo que hacemos, o lo hacemos bien, con sentido, o vacía de contenido lo que celebramos.

  2. Lola

    Interesantísimo. Acabo de refrescar la memoria, pues estas cosas nos las enseñaron en el colegio en la, ahora denostada, clase de religión. Lo que pasa es que los estudios religiosos se dejaban pronto, cuando se terminaba el colegio, y encima era una “maría”, por lo que se les prestaba la atención justa para aprobar. Es evidente que las cosas cuanto más se conocen, más se disfrutan, por lo que si se quiere aumentar el interés en las celebraciones litúrgicas habrá que estimular su conocimiento.
    Catequesis, es lo que hace falta, mucha catequesis.

  3. Pablo

    Todavía estamos a tiempo para lograr un equilibrio entre palabra y silencio en la liturgia. Por otra parte, cabe dar más opción a los gestos, variables según las culturas, pero por eso mismo facilitadores de lo que queremos expresar con el signo.

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