EL MINISTERIO DEL CANTO Y DE LA MÚSICA /2

MUSICA Y LITURGIA 2Instrumentos e instrumentistas

La música, como el canto, participa de la misma dimensión sacramental de la liturgia, es ella misma un elemento simbólico de realidades destinadas a glorificar a Dios y a santificar a los hombres y no un simple adorno exterior para añadir belleza y gozo. Sin embargo, en el reparto de funciones, a la música le compete una función básicamente de sostenimiento y embellecimiento del canto. No debe sobresalir por encima de la palabra pues el canto es oración y debe escucharse lo que se canta. La Instrucción conciliar Musicam Sacram (1967) lo expresa con claridad: «El empleo de instrumentos en el acompañamiento de los cantos puede ser bueno para sostener las voces, facilitar la participación y hacer más profunda la unidad de una asamblea. Pero el sonido de los instrumentos jamás debe cubrir las voces ni dificultar la comprensión del texto. Todo instrumento debe callar cuando el sacerdote o un ministro pronuncian en voz alta un texto que les corresponda por su función propia.» (MS 64).

Instrumentistas

En cuanto a los instrumentistas, el mismo Concilio les pide, igual que al animador del canto litúrgico, que además de instrumentista posean formación litúrgica: «Es muy de desear que los organistas y demás instrumentistas no sean solamente expertos en el instrumento que se les ha confiado sino que deben conocer y penetrarse íntimamente del espíritu de la liturgia, para que los que ejercen este oficio, incluso desde hace tiempo, enriquezcan la celebración según la verdadera naturaleza de cada uno de sus elementos, y favorezcan la participación de los fieles.» (MS 67).

Instrumentos

Durante siglos estuvo prohibido el uso de instrumentos musicales en la liturgia, incluido el órgano. Se creía que su presencia evocaba las fiestas paganas. En el siglo XV se permitió el uso del órgano en la liturgia latina. Fue el Concilio Vaticano II el que abrió el camino para el uso de instrumentos musicales en la liturgia. A partir de entonces se suceden los debates sobre qué instrumentos son los que se pueden utilizar en las celebraciones litúrgicas, si órgano, guitarras u otros instrumentos musicales (violines, flautas, trompetas…). La casuística es muy amplia por lo que lo más razonables es atender a lo que sobre los instrumentos nos dice el Concilio: «Los instrumentos musicales pueden ser de gran utilidad en las celebraciones sagradas, ya acompañen el canto, ya intervengan solos. Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas, y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales. En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles.» (MS 62).

El ministerio del canto y de la música

La palabra ministerio proviene del latín, ministerium, que significa “servicio”. Normalmente se usa para designar tareas, funciones, servicios o poderes dentro de determinados grupos sociales. En el contexto eclesial, sin embargo, adquiere una dimensión más profunda pues se complementa con el concepto griego de diaconía (diakonos), que significa “servicio de la mesa” (era la función que tenían los diáconos en la primitiva Iglesia; la mesa se refiere a la celebración de la cena del Señor). Inicialmente, por tanto, el ministerio eclesial tiene la connotación de servicio para los actos litúrgicos. La teología ha querido ir más allá en el significado del término proponiendo que ministerium (ministerio) se distinga de munus (tarea) y de officium (oficio). Con esto se quería indicar que los ministerios en la Iglesia no son meros oficios, sino que hacen referencia al ministerio de Cristo. Poco a poco se fue jerarquizando su uso en función de las tareas y quién podía realizarlas comenzando a hablar de “ministerios ordenados” (los reservados a los obispos, presbíteros y diáconos), y de “ministerios no ordenados” (los que pueden ser ejercidos por bautizados sin necesidad de ser ordenados). Dentro de los ministerios no ordenados se distinguen los “instituidos” (lectorado y acolitado) y los “reconocidos” (agentes o asistentes de pastoral, colaboradores o coordinadores pastorales, dirigentes de comunidades, laicos con responsabilidad pastoral, etc.). El canto y la música en la liturgia pertenecen a esta última tipología de ministerios. Fue el Concilio Vaticano II el que los impulsó y consolidó como verdaderos ministerios laicales.

Termino recordando la importancia de que en nuestras parroquias y comunidades cristianas empecemos a tomar en serio estos ministerios y que sean los propios párrocos y responsables de las comunidades quienes faciliten, con los medios y personas a su alcance, la formación de estos grupos de evangelización musical. No se puede entender, por ejemplo, que en los grupos de liturgia no figuren los responsables de la animación del canto litúrgico o que el sacerdote celebrante no sepa qué se va a cantar ni por qué, ni trate de integrar los cantos en la propia celebración con adecuadas referencias a los mismos. Nos queda mucho camino por recorrer no sólo para formar a los laicos en estos ministerios sino para cambiar la mentalidad de muchos pastores. Lo que tiene que ser el canto y la función de los coros e instrumentistas está escrito en numerosos documentos. La realidad de nuestras comunidades todavía necesita algunos párrafos más que aún estamos a tiempo de redactar entre todos.

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2 comentarios

Archivado bajo Liturgia y pastoral

2 Respuestas a “EL MINISTERIO DEL CANTO Y DE LA MÚSICA /2

  1. Africa

    Es interesante y muy singular, parece que el canto siempre es un entretenimiento y es unirnos al misterio y ayudar a vivirlo.
    Gracias, me encanta.

  2. Lola

    La liturgia católica ha desdeñado la música en las celebraciones porque esta ha sido una de las armas utilizadas por el protestantismo para darse a conocer. Bach era protestante y su música un vehículo de propaganda.
    La Misa Solemnis de Beethoven, que era católico, no se podía interpretar en la iglesia, porque se suponía que distraía de la celebración y lo mismo pasó con Verdi y su Requiem. Superados estos resquemores, hoy podemos disfrutar de la magia de la música religiosa con todo su esplendor.

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