UN CANTO NUEVO PARA EL SEÑOR

CRISTO PANTOCRATOR 3La reforma litúrgica que impulsó el Concilio Vaticano II supuso un cambio importantísimo en la praxis reinante hasta entonces de la participación de los laicos en la Iglesia. La Iglesia oraba a Dios mediante sus ministros en nombre del pueblo, de espaldas a él, que asistía sin comprender a los ritos litúrgicos. El Concilio devolvió al Pueblo de Dios (laikòs) el protagonismo como actor de la vida de la Iglesia (no olvidemos que el verdadero protagonismo lo tiene únicamente Cristo, cabeza del Cuerpo que es la Iglesia). Esto supuso afirmar categóricamente que todos los bautizados, por el simple hecho de ser bautizados, somos responsables de la tarea evangelizadora que Cristo encomendó a sus discípulos en Pentecostés. La imagen paulina del Cuerpo místico refleja muy bien esta dimensión global de las tareas en el seno de la Iglesia: cada miembro tiene una función encomendada sin la cual el Cuerpo no está completo.

Pues bien, también el canto pasó de ser privilegio de unos pocos a ser la expresión del Pueblo orante de Dios. Antes del Concilio, la mayor parte del repertorio de cantos que se utilizaban en las celebraciones eucarísticas se entonaba en latín principalmente por la Scholae Cantorum excluyendo con frecuencia la participación del Pueblo. Hemos de aclarar que el Concilio nunca prohibió la participación de las Scholae Cantorum, sino más bien, matizó su importancia y ministerio e impulsó el uso de la lengua vernácula, de tal manera que efectivamente el Pueblo participara con el canto y fuera parte integrante de la celebración.

Enseguida aparecieron numerosos cantos compuestos en lengua vernácula que impulsaron la participación del Pueblo en las celebraciones, pero también se cometieron muchos errores que desvirtuaron (todavía hoy) el verdadero sentido de la celebración litúrgica y del canto litúrgico. En algunos momentos convertimos nuestras iglesias en salas de concierto en donde en aras de la “modernidad” todo valía con tal de que hiciera alusión a lo religioso o que fuera “íntimo” (confundiendo lo espiritual con íntimo) o, simplemente, bonito. Se pueden citar muchos ejemplos de esto aunque como botón de muestra podríamos recordar el uso abusivo que se hizo de la canción de Simon & Garfunkel “El sonido del silencio” o de canciones procedentes de obras musicales como “Jesucristo superstar”; o los cambios que se introducían en el significado de los textos litúrgicos al sustituir partes litúrgicas de la eucaristía por otros cantos aparentemente similares (el Kyrie de la Misa campesina nicaragüense, por ejemplo, pide no tanto que nos identifiquemos con Dios, sino que él se identifique con nosotros: «Cristo, Cristo Jesús, identifícate con nosotros. Señor, Señor, mi Dios, identifícate con nosotros. Cristo, Cristo Jesús, solidarízate, no con la clase opresora que exprime y devora la comunidad, sino con el oprimido, con el pueblo mío sediento de paz».).

Cuando el Concilio nos exhorta a participar de la vida de la Iglesia también nos está pidiendo responsabilidad y fidelidad a lo que la tradición llama el “sensus Ecclesiae”. Pablo VI decía que «sin el sensus Ecclesiae, el canto, en lugar de ayudar a fundir los espíritus en la caridad, puede ser origen de malestar, de disipación, de deterioro de lo sagrado, cuando no de división en la misma comunidad de los fieles.» (discurso que el papa Pablo VI dirigió a las religiosas participantes en el Congreso Litúrgico-musical celebrado en Roma en abril de 1971). Una vez le preguntaron al famoso compositor y director de orquesta español Cristóbal Halffter que por qué no le gustaban los cantos litúrgicos, a lo que respondió: «Porque la Iglesia, consciente o inconscientemente, ha jugado un papel muy importante en la valoración de la vulgaridad. El convertir la iglesia en una discoteca es algo muy serio. O se va a una discoteca o se va a una iglesia, pero hay que deslindar los campos.».

Para que esto no suceda, y porque las cosas no vienen solas de lo alto, es necesario que dibujemos correctamente las funciones que cada ministerio tiene en el ámbito de nuestras celebraciones y que nos ayudemos mutuamente a formarnos de manera que juntos podamos entonar Un canto nuevo para el Señor (a quien le encomendamos como el campesino que había olvidado su libro de oraciones que recomponga nuestro alfabeto musical). No hay pastoral litúrgica si no se tiene en cuenta el canto. Y no hay canto litúrgico si no se forma a la asamblea, al Pueblo de Dios, para que con su canto funda los espíritus en caridad. El coro y el animador del canto litúrgico se convierten así en ministros evangelizadores y no en adornos de nuestras celebraciones. De ellos hablaremos más adelante.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “UN CANTO NUEVO PARA EL SEÑOR

  1. Cecilia

    Me encanta cada escrito, hace crecer en nuestro servicio y compromiso con la Iglesia. Todo se sublima si al que sublimas es a Cristo.

  2. Elena

    Me considero afortunada de poder ir descubriendo día a día este gran misterio de Cristo en nuestra vida; uno de mis caminos es el Canto litúrgico.

  3. Lola

    Verdaderamente interesante, no dejamos de aprender cosas nuevas y a medida que las conocemos, queremos saber más. Gracias José Luis.

    • Gracias Lola. Dar sentido a lo que hacemos es responsabilidad de todos. Es muy importante no solo aprender canciones sino a rezar con ellas, a sentir a través de ellas, dentro del contexto de nuestras celebraciones, la gracia que Dios derrama en nosotros cada vez que nos unimos en comunión con el resto de la Iglesia universal. Ese es el fin de la liturgia y el camino de la evangelización.

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